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La Piedra

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Kovac, que desde siempre se había revelado en contra de esa casi obsesiva idea de tener que salir del país de origen para encontrar la felicidad, o lo que para muchos es casi un sinónimo: dinero. ¡Mucho dinero!, presumían años después cuando volvían a su tierra para pasar unas vacaciones. Claro que, lo que no mostraban era las penas que habían tenido que soportar hasta conseguirlo. Kovac pensaba que, con ese mismo esfuerzo, probablemente también hubieran conseguido lo mismo sin tener que abandonar su tierra de origen. Él, en cambio, si había salido de su país no era por motivos económicos. A su manera siempre se había sentido feliz en su tierra ya que él no pensaba que la felicidad pasa forzosamente por el bienestar económico. Sería como decir que se es más feliz cuanto más dinero se tiene, Todo tiene un límite, y la verdadera riqueza es saber cuál es el de cada uno. En el fondo eso era lo que le diferenciaba de los demás, él se había puesto su propio tope, y no le había ido tan mal como para arrepentirse de su vida. Incluso se había podido comprar un terreno. ¡Era propietario! Lo que no podían decir muchos de los que siempre se habían atrevido a mirarle desdeñosamente por encima del hombro. ¡No!, No se arrepentía de haberse quedado en su tierra. Si ahora había tenido que salir de ella, era por culpa de los fanaticos que se la negaban... Pero volvería. ¡De eso no le cabía ni la más mínima duda! ¡Volvería! Era con estos pensamientos que Kovac desde aquel primer día se convirtió en verdadero trabajador para los turistas que visitaban la llamada “plaza de los artistas. Como pintor se le veía por todas partes, parecía que vivía allí bajo su caballete. Siempre estaba trabajando. Pintaba casas, diminutos cuadros que representaban casitas con flores, primorosas casitas con muchas flores, y unas leves montañas al fondo pintadas con pintura acrílica Aunque para parecer más bohemio, y dar la imagen del artista que buscan algunos visitantes algo simplones, se había aclarado el pelo hasta llegar al tono más parecido al amarillo canario, y puesto un arete metálico en el lóbulo de la oreja, Kovac bajo el enorme sombrero tejano que se había comprado en el “marché aux puces”, parecía más artista que el mismísimo Toulouse Lautrec... Claro que en versión gigante. A pesar de toda esta parafernalia Kovac seguía siendo el mismo ¿Acaso se puede cambiar, cuando la ilusión que se tiene es verdadera y profunda? Él no había olvidado su parcela de terreno en aquella lejana suave colina... con su gran piedra en medio. No sin esfuerzo, iba ahorrando algo de dinero hasta conseguir la cifra fijada para poner en marcha su proyecto. ¡Lo tenía claro! Esperaría en Montmartre, todo el tiempo que fuera necesario para que los asuntos políticos en su tierra se normalizasen. Pero en cuanto se calmasen los belicosos ánimos de sus paisanos, él volvería a vivir allí. ¡Claro que volvería! Y acabaría eliminando aquella piedra. ¡Su piedra! Y se construiría su casa. Naturalmente que acabaría construyéndose su casa.
¡No era una piedra lo que se lo iba a impedir!

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete