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La Piedra

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Más tarde, una vez que tuvo que empezar a trabajar, sólo dibujaba muy de tarde en tarde. Le gustaba sobre todo dibujar casas. Siempre imaginó que un día se construiría una para él. Esta afición al dibujo, que él siempre practicó de manera autodidacta le sirvió para que luego, en los trabajos de albañilería o de pintura, siempre le dejaran que hiciera él los más artísticos. “Tú tienes vena artística”, le habían dicho muchas veces. “No cabe duda de que tú tienes algo”, le había dicho siempre su amigo Boris. Lo que sí era cierto es que él aprendía rápido. En todo lo que tuviera que ver con habilidades manuales, siempre se sentía capaz de hacer lo que hacían otros. Claro esto no le convertía en un artista y mucho menos en un experto. Ahora, aunque él tenía su opinión sobre lo que pintaba su primo, se cuidaba muy mucho de expresar lo que sentía, sobre todo porque no le parecía tan extraordinario como para que pudiera presumir de artista. Claro que, algo mejor si era en comparación con aquellos que, tijeras en mano, recortaban en un papel negro la silueta de los turistas ávidos de despertar interés en aquellos que, el ambiente y la historia, les hacía pasar por artistas y bohemios. La verdad es que de bohemios tenían poco. La mayoría eran gente seria que se ganaban la vida nutriendo la imaginación de los visitantes, lo que resultaba una labor mucho más divertida que dedicar su vida a ejercer otro tipo de trabajo. Claro que no faltaba quien por el hecho de vender sus trabajos más fácilmente que otros, adoptaba aires de artista consumado. Este era el caso de su pariente que, aunque bastante buena persona, conseguía irritarle bastante cuando adoptaba unos ridículos aires de triunfador. Además, desde que había llegado a París, se mostraba con él quizá demasiado paternalista. A veces, la excesiva protección, que le dedicaba daba la impresión de ser una actitud un tanto pretenciosa de su pariente, Lo que más le fastidiaba a Kovac era que, por el hecho de haberse instalado en Francia desde hacía ya más de diez años ante él parecía presumir de París como si fuera su propietario. El bienestar que había encontrado en Francia, llegando a formar parte de una familia francesa, le hacía olvidar que formaba parte de aquellos jóvenes emigrantes que, años atrás, habían salido del país con la excusa, más o menos sincera, de estar contra el sistema político cuando en realidad lo que querían era prosperar donde pensaban que tendrían más oportunidades. Kovac no veía ningún mal en que se sintieran satisfechos por lo conseguido, lo que no soportaba era que frente a los que habían ido llegando después, casi por las mismas razones, solían adoptar unos aires de superioridad que irritaba.

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