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La Piedra

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Sus recuerdos negándose a perder protagonismo se comportaban como si fueran una espacie de infatigable “tiovivo” que no cesaba de girar en su cabeza impidiendo que pudiera concentrarse en muchos de los requerimientos de su nueva vida. Incluso la campechana amabilidad con la que le había recibido la familia de su pariente no conseguía sacarle del sombrío pozo en el que le había sumido el caos que había padecido en su tierra de origen. Puede que inconscientemente, también padeciera del silencio que se impone de una forma natural, al emigrante que ha sido forzado a emigrar, y que se encierra en el silencio por oposición a lo nuevo y no deseado, un poco como si de esta manera protegiera su propia identidad ya tambaleante.
— ¿Serás capaz de hacer algo semejante?, le volvió a preguntar su pariente, esta vez en un tono más normal, como si de repente comprendiera el delicado estado de ánimo de su invitado. Quizá al principio te cueste un poco... Deberás tener paciencia…
—¡Claro, claro!, le atajó Kovac volviendo su mirada hacia las pinturas de su familiar fingiendo interés. Precisamente es paciencia lo que más tengo…, ¡te lo aseguro! Me sobra incluso, silabeo con amarga fiereza volviendo a mirar el Sacre Coeur que ahora ya casi no se veía. Se aparto bruscamente para no estorbar a tres mujeres que, bajo un solo paraguas, insistían en observar de cerca las pinturas de su compatriota.
— ¡La paciencia es mi solo capital! Es lo que he ido acumulando a lo largo de toda mi vida, termino murmurando para sí mismo, con evidente amargura.
—Ten en cuenta que llevas muchos años sin pintar y que nunca te dedicaste a ello verdaderamente, volvió a decirle su familiar mirando indiferente como se alejaban las apresuradas turistas, sin haberle preguntado ni siquiera el precio de sus cuadros.
—Ya sé, ya sé. La verdad es que… Lo que se dice pintar..., yo nunca he hecho tal cosa, le cortó algo molesto Kovac. Enseguida y mientras le miraba de la manera más amable que podía en esas circunstancias, en un tono apacible le explicó que era normal que al principio tuviera alguna dificultad. Que comprendía. él no era, ni había sido nunca pintor. Que, aunque siempre le había gustado mucho dibujar, sabía que esto no era suficiente. Ahora, al hablar de ello, recordaba que, siendo niño, en el escaso tiempo que había podido ir a la escuela, aunque aislado siempre de la mayoría de sus camaradas, o precisamente por ello, se había inclinado por el dibujo ya que así había encontrado una manera de expresar lo que no conseguía hacer con las palabras.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete