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La Piedra

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— Qué quieres que te diga, termino murmurando unos instantes después para no pasar por ser un ingrato frente a quien había tenido la generosidad de acogerle en su casa cuando él no tenía donde ir. Él, igual que hicieron muchos de sus compatriotas al finalizar la contienda, en cuanto pudo, dejó atrás su tierra para buscar mejor porvenir en tierras más prometedoras. Si había terminado en Paris, en Montmartre para ser exactos, fue porque según le había asegurado su pariente y algunos otros paisanos que ya estaban instalados allí, no era difícil ganarse la vida trabajando para los turistas.
— A poco que sepas dibujar, o pintar, podrás vivir cómodamente, le había animado quien siempre le había tratado como si fueran familia. Él, obedeciendo a su natural cortesía, y también por la necesidad, parecía estar de acuerdo con todos esos razonamientos, pero, aunque asentía a todas esas propuestas, no se mostraba muy hablador. La verdad es que él nunca había sido muy dicharachero, claro que, desde que había llegado a París, sin saber por qué, mantenía tal obstinado mutismo que incluso era una incógnita para él mismo. Lo cierto es que no tenía ningún deseo de comunicarse con nadie. Las sensaciones que le proporcionaba el país de exilio no conseguían borrar suficientemente las dolorosas huellas que traía, como cosidas a su piel, de su reciente pasado en su país. Todo lo que le iba surgiendo en la actualidad, aunque fuera positivo, al entremezclarse con antiguos sentimientos imposibles de anular, aunque lo intentaba, no conseguía adaptarlo a su nueva realidad.

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