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La Piedra

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Cuando Kovac vio por primera vez la plaza del Tértre de Paris, llovía. Caía una fina lluvia helada, como suele hacerlo en París a principios del mes de marzo. Envuelto en un gastado chaquetón de cuero negro rígido por el tiempo, Kovac observaba con la parsimonia que le era habitual, todos y cada uno de los pocos caballetes que en esos momentos se encontraban instalados en la célebre plaza de Montmartre, en esos momentos casi desierta. A pesar de lo inhóspito del clima y de la aguanieve que no cesaba de caer, y bajo las escépticas miradas de los pocos artistas que le observaban desde sus ocasionales refugios, hizo un recorrido completo por toda la plaza sin descuidar de mirar ninguno de los cuadros expuestos bajo toda clase de paraguas y demás parasoles. Ignorando completamente el frío, como si fuera insensible a él, dio dos o tres vueltas a toda la plaza observando con detenimiento todo lo que le ofrecían sus ojos hasta detenerse frente al caballete de su pariente. En el aspecto tristón que ofrecía la plaza en aquellos momentos, el conjunto que componía este deformado viejo caballete junto a todos los diversos bártulos que se hallaban reunidos bajo un enorme parasol cuadrado, parecía aumentar ese sentimiento de tristeza. Colocados pulcramente en dos paneles de respetable dimensión se encontraba la obra expuesta de su amigo. Examinados una vez más esa multitud de cuadritos de fuertes colores que intentaban representar todos los puntos más emblemáticos de París, Kovac desvió lentamente su mirada en dirección de las torres de la célebre basílica del Sagrado Corazón, o Sacre Coeur para los franceses. Tan peculiares torres, que por su forma redondeada tanto le llamaban la atención, en ese momento parecían erguirse orgullosas por encima del humilde aspecto que suele ofrecer la antigua Iglesia de San Pierre y su casi desconocido cementerio. Claro que, debido a la espesa neblina reinante, sólo le parecieron unas simples manchas grises en un firmamento también gris. Un fuerte soplo de aire frío le hizo bajar la mirada. Luego subiéndose el cuello de su chaquetón con un gesto displicente, se cobijó bajo el paraguas de su primo para protegerse de la lluvia que ahora parecía caer con más intensidad.
—¡Bueno, ¡qué!... ¿Qué te parece? – Le preguntó a bocajarro el grandullón de su pariente desde el otro lado del tenderete. Por su prepotente actitud y su manera de expresarse parecía ser él el propietario, no sólo de aquella placita sino de todo Montmartre. Aunque este no fuera su propósito resultaba algo apabullante su manera de hablar, pues parecía el orgulloso terrateniente enseñando a otros sus dominios. Puede que, dándose cuenta él mismo de lo desplazada que resultaba su actitud frente a quien se había visto obligado a abandonar su tierra, volvió a repetir la misma pregunta con otro tonillo diferente. Kovac, que parecía no haber oído a su pariente, ni la primera, ni la segunda vez, sin dejar de mirar en dirección de las ahora casi invisibles torres de la basílica, no hizo ni el más leve gesto ya que en ese momento parecía estar más ausente que nunca. No obstante, giró su cabeza para mirar fijamente a su interlocutor y sin decir nada se encogió de hombros a modo de respuesta.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete