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La Piedra

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¡Lástima no saber hablar americano!, se decía Kovac para sus adentros resignado al silencio que le imponían aquella especie de astronautas. Pensaba que, de haber sabido expresarse, les preguntaría como deshacerse de su roca. ¡Seguro que ellos saben cómo hacerla desaparecer!, se decía él convencido de que para ellos sería una cosa fácil. Ya iba a intentar iniciar algún tipo de comunicación para hacerles comprender que necesitaba su ayuda, que uno de los soldados, de pronto y sin decir nada, obedeciendo al leve gesto que hizo el que parecía ser el jefe del grupo, dio media vuelta, y dejando su galáctico fusil custodiado por otro soldado salto ágilmente al interior del monstruoso vehículo para salir unos segundos más tarde portando en sus manos una especie de envoltorio. Muy militarmente se lo entregó a quien le diera la orden de ir a buscarlo y, tras recuperar su arma, se quedó completamente inmóvil junto al resto de sus compañeros. Kovac un tanto intrigado por todo aquel teatrillo, pero mostrándose totalmente imperturbable, clavó sus ojos en aquel que ahora, portando aquel paquete en sus manos parecía dirigirse en su dirección. Más intrigado que nunca, vio como con paso seguro se le fue acercando. Al llegar a su altura, levantándose ágilmente la enorme protección ocular que ocultaba gran parte del rostro, sin decir palabra le obsequió con una sonrisa semejante a la que hace Mr. Bean cuando realiza alguna de sus pillerías. El silencioso soldado, ahora sin mostrar aprensión alguna se le acercó hasta rozarle, y tras darle unos enigmáticos golpecitos en el hombro, le entregó el paquete sin decir palabra. Luego rápidamente, se bajó la visera y tras reunirse con sus compañeros, desaparecieron todos en el interior del vehículo que inmediatamente hizo rugir con fuerza sus potentes motores. A pesar de la impresión de torpeza que pudiera dar aquella especie de tanquecillo debido a su pesada apariencia, despegó prácticamente del suelo dejando tras de sí una densa nube de polvo junto a otra, no menos densa, de humo. Con tantas prisas no me han dejado ni tiempo para darles las gracias por los regalos que me han hecho, pensó Kovac mientras tosía fuertemente a causa de la densa humareda en la que se veía envuelto. Pensativo observaba como aquel ruidoso vehículo se alejaba por un camino distinto del que había utilizado para llegar hasta allí. ¡Ni siquiera me han dado la oportunidad de poder decirles que ese camino acaba bruscamente en un profundo barranco!, se dijo mientras iba caminando en dirección de su cobijo pensando en lo que contendría aquel dichoso paquete que, para sorpresa de él, sólo contenía todo lo necesario para afeitarse, eso sí, con su frasquito de loción, Aftershave, que hubiera dicho el americano.

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