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La Piedra

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¡Vaya derroche de medios!, se dijo él valorando con ojos de experto lo que debía valer el conjunto de cada equipo de aquellos soldados, armas incluidas. Le parecía provocativa aquella ostentación en aquel lugar que por el momento se carecía de todo, incluso de lo más elemental. Seguro que con lo que cuesta uno de esos trajes me podría comprar yo casi todos los ladrillos que necesito para construirme la casa, cavilaba codicioso mientras sin apenas inmutarse veía como varios de aquellos soldados se iban acercando a donde él seguía sentado. Aquellos guerreros del futuro, ahora cautelosamente desplegados en abanico, miraban con recelo a su alrededor como turistas novatos en un país de mala fama. A él le pareció que se daban consignas entre ellos en una lengua que él desconocía hasta que uno de ellos, el que parecía ser el mandón del grupo, se detuvo a unos metros y mirándole fijamente le hizo señales con la enguantada mano a modo de saludo. A Kovac le recordó al actor que, en una película de indios que él había visto varias veces, hacía de indio. Recordaba que ese célebre actor, enfundado en preciosas plumas, saludaba así cada vez que, representando a otros indios, se entrevistaba con algún confederado americano en busca de pactar amistosamente el reparto de las tierras que les habían expropiado, y así poder vivir en paz como buenos vecinos. Solo falta que también quiera fumar el "calumet", pensó jocosamente haciendo esfuerzos para no soltar la carcajada al ver que el “americano” que tenía enfrente, lo primero que hizo tras el saludo fue ofrecerle un cigarrillo. Los tiempos han cambiado, pensó divertido ya que, al contrario de los indios de aquellas películas, él no fumaba, ni lo había hecho nunca. De todas maneras, cogió dócilmente el paquete de cigarrillos que le tendía tan generosamente aquella mano extrañamente enguantada, y se lo guardó en el bolsillo siguiendo las indicaciones gestuales del soldado que enseguida volvió a reunirse con los suyos. Para Kovac, como para tantas gentes de la zona, los aliados eran todos americanos. Era tanta la publicidad que se habían hecho a sí mismos como “salvamundos” tras la segunda guerra mundial, que toda la gente estaba convencida de que solamente a los americanos se les había ocurrido venir a ayudarles. Prueba de ello era que, en ese momento, allí estaban, delante de él, y eso que, en este caso, no se trataba de robarle su tierra. Bueno, tampoco me importaría mucho, se dijo Kovac sin exteriorizar emoción alguna. Desde su improvisado asiento los miraba atentamente como ellos, parapetados tras sus uniformes tipo escafandra también parecían mirarle empuñando fuertemente sus armas. Durante un tiempo que a él le pareció ridículamente largo todos se limitaron a observarse unos a otros guardando un silencio que ya empezaba a resultar grotesco. Se podía decir que después de tanto tiempo sin venir a salvar Europa, aunque ahora sólo fuera una pequeña parte, el dialogo que mantenían era más bien escaso.

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