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La Piedra

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Un día que se encontraba un poco más aburrido que de costumbre, se entretuvo en seguir con la mirada uno de esos brillante y bonitos vehículos extranjeros que, desde la altura, le pareció ser uno de aquellos costosos coches miniatura que había visto en el escaparate de una juguetería durante una de las pocas visitas que había hecho a la gran capital. Le llamó la atención que éste era mucho más grande de los que ya estaba acostumbrado a ver. Observó que después de dar varias vueltas de un lado a otro del camino a una velocidad que dadas la circunstancias resultaba totalmente inoportuna, ya que ponía en riesgo la vida de los transeúntes, acabó por detenerse. Como con su envergadura ocupaba casi la mitad de la calzada, la caravana de gente, después de detenerse un poco a ver que pasaba, tuvo que echarse a un lado para poder continuar sin ser aplastada por aquel estrepitoso monstruo. Los que se encontraban más cercanos presintiendo que aquel coloso no estaba muy seguro de lo que quería hacer, evitaban pasar demasiado cerca de donde momentáneamente se había detenido. De pronto, y soltando antes una verdadera nube de humo que hizo invisible sus alrededores, se volvió a poner en marcha. Kovac observó que ahora dejando la carretera principal se aventuraba por una de las carreterillas subalternas que también conducían al pueblo. Esta, en la apenas cabía tal vehículo, poco a poco se convertía en una empinada cuesta que, nada más entrar en el pueblo, se ensanchaba a medida que se iba acercando a los nuevos terrenos edificables. ¡Cómo rugen sus potentes motores al subir la cuesta!, se dijo Kovac divertido observando que luego ya en terreno llano, tras disiparse la nube de humo causado por el esfuerzo, el conductor de aquel vehículo no parecía saber muy bien hacia dónde quería dirigirse. Cada vez más intrigado, Kovac se levantó bruscamente de su siento para no perderse detalle ya que los árboles de un pequeño bosquecillo próximo empezaban a ocultarle los movimientos de aquel engendro de acero. Unos minutos más tarde ya podía oír con toda claridad el tremendo escándalo que ocasionaba la fabulosa máquina al irse aproximando por el pedregoso camino en dirección de donde se hallaba él. Aunque no parecía saber muy bien por donde podía subir aquella empinada ladera hasta llegar a su altura, falto de posibilidades recorrió un buen trecho a toda marcha, luego, prácticamente envuelto en una espesa nube de polvo y dando un fuerte resoplido como si en verdad lo hicieran muchísimos caballos, se paró a unas cuantas decenas de metros por debajo de donde había vuelto a sentarse Kovac.

lapiedra

El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete