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La Piedra

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Kovac sabía que ahora había que empezar de nuevo otra vez, y ahora en peores circunstancias puesto que, de alguna manera, gentes de otros lugares, lobomotizados por ciertas manipulaciones, se habían solidarizado con unos u otros sin tener en cuenta que así potenciaban la imbecilidad colectiva. Ahora sí que había que tener paciencia. Ahora si qué iba a ser cuestión de buena voluntad y constancia por parte de todos para subsanar los errores cometidos, razonaba sensatamente. Por eso no entendía aquel éxodo que presenciaba él desde su improvisada atalaya. ¿No se habían enterado aquellas gentes que ya se había puesto fin a los enfrentamientos?... Entonces ¿por qué huían? Alguien le dijo que ahora los que huían eran los otros. ¡Ah!, había contestado él para quedar bien, pero sin comprender bien a quienes se referían. ¡Los otros!... ¿Qué otros?, se quedó rumiando un buen rato. A él le parecían los mismos, a menos que se considerase como diferencia que ahora caminasen hacia la izquierda mientras que unas semanas antes, esa misma columna de gente, lo hiciera hacia la derecha. Por lo demás, es exactamente igual, concluía sentencioso Kovac desde su torre de observación. Lo único que ahora podía calificarse de novedoso en aquel archiconocido y lastimoso paisaje, eran los numerosos vehículos de guerra que habían ido surgiendo desde el final de los bombardeos, y que ahora pululaban entre la miserable gente como si fueran pastores modernos cuidando de un aturdido rebaño. Desde donde se hallaba Kovac, se les veía circular si orden ni concierto en todas direcciones, animando considerablemente el ambiente general. A él, desde su lugar favorito para poder vigilarlo todo y así satisfacer su curiosidad, se le antojaban monstruosas y alocadas hormigas a las que un caprichoso pie les hubiera desbaratado su organizada columna.

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