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La Piedra

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Si ya había sobrevivido al velado desprecio de unos, a la virulenta limpieza étnica de otros, y a los bombardeos de los aliados, ahora que todo parecía haber terminado, no era el momento de sentirse intimidado por el fruto de la imbecilidad humana. Según oía decir a esos “profetas” de taberna que tras dos o tres Slivovitz se atrevían a decir que eran ellos los que habían ganado la guerra, él guardaba silencio porque, aparte de los fabricantes de las armas, no estaba seguro de quién había ganado aquel conflicto. Con no poco asombro oía que todo el mundo clamaba victoria. No podía ser, pero pensaba que mejor era así, que todo el mundo se sintiera feliz y contento de ser los vencedores, ya que la gente que se siente victoriosa es menos destructiva. Él también se sentiría vencedor, y no poco triunfalista, si le hubieran desembarazado de su piedra, pensaba él tratando de desviar sus reflexiones hacia temas más íntimos. Claro que, había momentos que no podía evitar hacerse algunas preguntas sobre los asuntos de tanta actualidad. ¿Verdaderamente, quiénes eran los vencedores?, se preguntaba él sabiendo que no había una sola respuesta que pudiera ser valedera. Lo que él si sabía, porque lo veía, y lo padecía, es que el país estaba destrozado, física y moralmente. Lo que él sí sabía, porque lo estaba viviendo, es que toda esa tragedia no había resuelto nada, ¡Se habían roto los huevos y no se había hecho ninguna tortilla!, se decía él en plan filosofo. Eso sí, una vez más la guerra dejaba asignaturas pendientes. Sobre todo, esa tan importante que suelen dejar todas las guerras. ¡La de la revancha!, se dijo con tristeza. Una vez más, esos miles de bombas, todos esos muertos, y el odio que genera el sentimiento de injusticia, además de no haber resuelto nada en cuanto a esa ceguera y oscurantismo propio de siglos pasados, dejaban la mecha encendida para futuras confrontaciones. Sentado en lo alto de la colina, muy cerca de su refugio, pasaba horas enteras observando aquel patético desfile humano. Esa pobre gente de semblante triste, que creía escapar de lo que siempre había sido su tierra sin saber ni adónde ir. Si alguien le hubiera preguntado a él quién había vencido en aquella guerra, estúpida entre las más estúpidas, no hubiera sabido responder ya que, en toda guerra, es el conjunto de los seres humanos quien la pierde, pues el odio que genera daña a todos. Una vez más, aquel estúpido conflicto había instalado en los corazones de gentes de buena voluntad, el sentimiento de venganza.

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