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La Piedra

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Todavía temerosos a posibles represalias sólo iban regresando algunas familias ya que, muchas de ellas, aprensivas de que podían ser rechazadas por sus orígenes o creencias, no se atrevían a volver a sus casas, o a lo que quedaba de ellas. De todas maneras, aunque todavía no eran muchos los habitantes visibles, el pueblo parecía ir cobrando algo de vida, y aunque se carecía de todo, aferrados a los rumores que circulaban sobre una pronta ayuda internacional todo el mundo vivía lleno de esperanza. Eso no quería decir que el confrontamiento racial, o religioso, había terminado, pues corrían no pocos rumores de que ahora, aunque concluida la guerra oficial, en muchos lugares todavía se estaba librando una batalla sorda, quizá más cruenta que la misma guerra, consistente en asesinatos y venganzas de toda índole. Kovac inconsciente del peligro al que se enfrentaba colaborando con unos y otros en todo lo que podía, no daba muestras de alimentar miedo alguno. Impasible, iba sobreviviendo a la espera de tiempos mejores. Un poco como si todo aquello no fuera con él. ¿Represalias? ¿De quién? ¿Y por qué?, se preguntaba él con escepticismo cuando oía hablar de los grupos que se dedicaban a hacer limpieza étnica. ¿Cómo temer que alguien le considerase como enemigo si ni él mismo estaba seguro a que bando pertenecía por nacimiento?, se decía él con cierto sarcasmo, pensando que su oscura venida al mundo le permitía quedarse al margen de todas esas absurdas rencillas tribales propias de otros tiempos. Desde luego que, aparte de la simpatía que podía tener por unos u otros, lo cierto es que él no se identificaba con nadie. Así había sido siempre, y así lo habían entendido todos sus ocasionales vecinos. Quizá fuera por esta razón que, unos y otros, solían tratarle como una cosa aparte, como si él no tuviera otra identidad que la suya propia. Además, como nunca despertó envidia alguna a lo largo de su vida (si acaso un poco de lastima), siempre había pasado casi desapercibido. En realidad, había sido la compra del terreno lo que le hizo perder esa especie de invisibilidad y convirtiera la lástima que despertara hasta entonces, en cierto desdén. En realidad, un sentimiento de rechazo que se convirtió en claro menosprecio cuando consiguió el codiciado empleo en el Ayuntamiento. “Hace falta ser simple para adquirir como terreno una piedra”, le criticaban vengativos a su alrededor esos envidiosillos que nunca faltan en cualquier sociedad. En todo caso, esos humillantes comentarios que él no parecía oír, y si los oía no les concedía importancia, nunca lograron que cambiase de actitud. Incluso durante la guerra que había tenido que soportar, en su comportamiento no se podía detectar que le afectase lo más mínimo lo que pensaran de él los demás. Tampoco parecía alimentar temor alguno por lo que sucedía a su alrededor.

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