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La Piedra

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Como la carretera quedaba al otro lado del río, Kovac todos los días, a falta de otras actividades, se entretenía en ver pasar las interminables caravanas de gente. La gran mayoría iba a pie, pero de tanto en tanto, también circulaba alguna famélica camioneta o algún tractor cargado hasta los topes de toda clase de enseres y de personas. Casi todas parecían ser gente de cierta edad casi sin fuerzas para caminar, y niños, muchos niños y alguna que otra mascota. ¡Cómo resoplan los agotados motores al menor obstáculo de la desigual carretera!, se decía él valorando en la distancia el ruido que llegaba hasta sus oídos. Todo el mundo iba cargado con la fortuna de sus escasas pertenencias. En algunos casos, y visto desde lejos, tenía la impresión de que eran montones de cosas en movimiento. Predominaban los vehículos de tracción animal, entre los que destacaban las vacas y bueyes que hasta esos momentos habían servido para las labores del campo. Eran mayormente estos animales el verdadero motor que servía para poder arrastrar las carretas y carricoches, o cualquier cosa que pudiera rodar, hacia un destino más esperanzador y, desde luego, más pacífico. Claro que, no era extraño ver a esas otras personas que, no disponiendo de la ayuda de algún animal, era ellas mismas las que tiraban con gran esfuerzo de sus improvisados vehículos. De todas maneras, fuera de una forma u otra, en su conjunto, era una heterogénea masa de gente la que componía aquella interminable columna de tristes viajeros. Circulaban día y noche desde hacía ya bastantes días. Kovac, no teniendo nada que hacer, ni adónde ir, ni tampoco deseo alguno de dejar de ser un simple espectador de una realidad que pensaba que no le concernía, sólo le quedaba esperar a que todo volviera a lo normal. Era así como pasaba el día llenándose los ojos con las imágenes de ese lastimoso río humano que iba a contracorriente del otro, de esa corriente de agua que, ahora transportando toda clase de desechos, discurría silenciosa y discreta por las cercanías de la carretera como si estuviera avergonzada del comportamiento humano. Cuando por fin, y sin saber verdaderamente el por qué, cesaron los bombardeos de los llamados aliados, Kovac sin abandonar la cueva en donde a falta de otro sito mejor se había vuelto a instalar, bajaba al pueblo a menudo, tanto para aprovisionarse de lo más necesario, como para, a título de trabajador municipal, colaborar en su tímida reconstrucción. Había sido de los primeros que se habían prestado voluntariamente a la triste tarea de enterrar a los muertos y, también, para poner algo de orden en sus calles desescombrando algunos lugares con los pocos medios con los que contaban en la actualidad. La mayoría de los supervivientes que, como él hiciera para escapar a las atrocidades de la guerra se habían refugiado por un tiempo en otros lugares, ahora volvían buscando lo que quedaba de sus hogares.

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