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La Piedra

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En su alocada carrera, aún tuvo que pasar por delante de otros cadáveres a los que miraba como idiotizado; como un niño que mirara por primera la llama de una cerilla recién encendida. Atrás quedaban los cuerpos de todas aquella personas que, ahora, tranquilas e inmóviles, parecían no importarles nada, como si acabaran de comprender que la vida no vale la pena. Ni siquiera parecían expresar odio hacia quién se las había cortado tan brutalmente. Aparte de la expresión de sorpresa que a él le pareció que mostraban algunos, no encontró ningún gesto de venganza, como si en ese otro mundo en el que ahora se encontraban, la única expresión permitida fuer no expresar nada. Quizá, sin ser consciente de ello, Kovac esperaba alguna señal. un signo cualquiera que le sirviera posiblemente de valioso mensaje confidencial de lo desconocido. Sin embargo, sólo consiguió experimentar esa sensación de especial inquietud que se acaba sintiendo cuando se mira fijamente una escultura demasiado realista. ¡Puede que todo no sea más que una pueril ilusión! La vida, la muerte… ¿Qué se sabe de ello? ¡Debo enterrarle!, se dijo de pronto al pensar en su amigo Boris, ¡No puedo dejarle así!, se incriminó por su falta de consideración hacia su amigo. Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones siguió el camino opuesto al destrozado almacén. No pudo avanzar mucho ya que, a unos cuantos metros, en medio de la estrecha calle, otros cuerpos, evidentemente sin vida, le cerraban el paso. Aunque no quiso fijar su mirada en ellos, lo que no pudo evitar de observar de reojo era demasiado fuerte para su ya vapuleada sensibilidad, pues través de la engañosa penumbra que los envolvía, algunos de estos cadáveres parecían estar incompletos. ¡No puede ser!, se decía renunciando a creer lo que veía mientras aceleraba aún más su marcha como rechazo a tener que aceptar esa realidad en donde todo parecía ser posible. Preso de un convulsivo espanto al percatarse de tales horrores, y notando como se le salía el estómago por la boca, salió corriendo en dirección de su antiguo refugio. En su loca carrera, y sin proponérselo, paso a través de la zona en donde se hallaba su parcela. Sin ser muy consciente de lo que hacía, se detuvo allí unos instantes para recuperar el aliento. Jadeante por el esfuerzo y excitado las fuertes emociones, dejó que sus pasos le llevaran por aquella especie de pasillo que formaban los dos cráteres hasta llegar a tocar la roca.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete