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La Piedra

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Con el corazón pesado hasta lo insoportable, y la cabeza tan ligera que no la sentía ligada a su cuerpo, se encontró de nuevo en la calle. Dando traspiés como un borracho, la enfilo a toda prisa sin pensar siquiera hacia donde le dirigía. Marchaba rápido, alocadamente, sin pensar en su propia seguridad y al peligro al que se exponía dejándose ver, ya que todavía podían estar cercanos los autores de aquellos desmanes. Sin pensar en nada preciso, se desplazaba como un poseso, como si lo único que le importara fuera escapar de aquella insoportable realidad. La visión de la muerte, en su faceta más espantosa le había sacudido con tanta brutalidad que ya empezaba a perderla el respeto. Al pasar delante de unas ruinas que todavía continuaban ardiendo, creyó reconocer que iba en dirección del centro del pueblo. Sin pensarlo dos veces, decidido a salir de allí cuanto antes, tomó la dirección opuesta. En su atolondrada carrera, allá donde mirara sólo encontraba detritus de toda clase, y también algunos cuerpos desparramados entre los escombros. La precaria luz que todavía desprendían algunos agonizantes incendios y el humo que invadía mucha zonas no le permitían distinguirlos correctamente, sobre todo que, desde que viera el cadáver de su amigo. sentía un extraño picor en los ojos que le impedía ver con claridad. Es el escozor que me provoca el contaminado ambiente, se decía él para tratar de justificar las espesas lágrimas que libremente fluían de sus ojos. Aunque se negaba a admitir que esas lágrimas eran la expresión silenciosa de sus sentimientos, sincero como era, sobre todo, consigo mismo, no tardó mucho en reconocer la amargura que sentía. Sabía que lloraba, ¡que necesitaba llorar! ¡Era urgente que sus ojos se lavasen de la visión de todos aquellos muertos!... Aquellos cuerpos, antes tan llenos de vida, y ahora inmóviles esparcidos por el suelo como si fueran juguetes rotos. ¡Y sin saber por qué!, se dijo con indescriptible rabia.

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