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La Piedra

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Kovac, como si la visión de todo lo que le rodeaba le hubiera hipnotizado, escrutaba los escombros como si buscara la justificación a aquella realidad que tanto le sobrecogía. Completamente fascinado, miraba y remiraba aquel inadmisible desorden a la luz de algunos destellos rojizos de las vecinas hogueras. Esa incierta luz contribuía, sobre todo, a que fuera mucho más difícil apreciar algunos detalles, Fue por esa razón que tardó en reconocer el sempiterno pantalón de pana color miel, con el que siempre le había visto vestido a su amigo Boris. Como si hubiese recibido una fuerte descarga eléctrica en la nuca, enseguida reconoció, ya sin duda alguna, a su amigo entre los escombros de lo que él llamaba su oficina. Efectivamente, a medida que se fue acercando para socorrerle, a pesar de las tinieblas que invadían el lugar, vio que su amigo Boris yacía debajo de la despanzurrada mesa de trabajo en medio del destrozado mobiliario. ¡Quizás esté sólo herido!, pensó esperanzado creyendo que le había visto moverse. Sin dudarlo, como una exhalación, haciendo una serie de equilibrios y saltando sobre los escombros, en un santiamén se encontró junto a los pies de su amigo. Ahora, al observarle de cerca, y considerando la forzada postura en la que se encontraba su cuerpo, la esperanza de encontrarle con vida se esfumó de golpe. No obstante, se aproximó hasta casi tocarle. ¡Boris!... ¡Boris!, empezó a llamar a su amigo con gritos sordos que, más que una llamada, parecía una especie de sollozo. El cuerpo de su amigo se asemejaba al de un muñeco roto. Lo que podía ver de sus ropas estaban hechas tiras chamuscadas. De los hombros para arriba nada se podía ver ya que se hallaba bajo los restos de unos pesados tubos de cemento que, en la obscuridad reinante, parecían haber sido salpicados de pintura negruzca. ¡La sangre de Boris!, se dijo de pronto horrorizado levantado enseguida su mirada de lo que al principio le había parecido alquitrán. Profundamente confuso, sentía incontrolados deseos de huir de allí a toda costa. ¡Correr! Alejarse rápidamente de aquel espeluznante escenario que representaba tan espantoso mundo. Ese mundo tan insoportable para el que él no estaba preparado. A oscuras, tropezando con todo lo que constituía aquel desorden, sin siquiera prestar atención en donde ponía los pies, salió corriendo de lo que había sido el almacén y vivienda de su amigo.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete