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La Piedra

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Ahora al contemplar tan dramático espectáculo sintió como su cabeza flotaba sin que él pudiera pensar en algo preciso. Advertía impotente, como desde algún recóndito lugar, le subía un desagradable deseo de vomitar. Claro que, enseguida comprobó que esas náuseas no solo eran físicas, pues se debían mayormente a la imposibilidad de encajar tales horrores. Seguro que lo que necesitaba expulsar no era el residuo de su frugal comida sino ese furor sordo que se siente ante la más profunda de las injusticias miro hacia otro lado. Notando que en su embotada cabeza se mezclaban sentimientos totalmente desconocidos para él, intentó reconocer el lugar donde se encontraba. Era tal el desorden que acusaba su mente en aquellas circunstancias que le resultaba muy difícil situarse. Sobre todo, que, rodeado como estaba de casas medio reducidas a escombros, se sentía completamente desorientado. Mirase donde mirase, sólo encontraba ruinas y desolación, ya que, entre los cascotes se hallaban algunos cuerpos inmóviles en posturas grotescas. Las casas que aún se mantenían en pie, mostraban impúdicamente sus destrozados interiores. Todo era confusión y desorden. Kovac miraba todo ese escenario como si se tratase de un sueño. En realidad, miraba sin ver. Profundamente alterado por aquel desorden, ni siquiera lograba encontrar el camino que le conduciría al almacén de su amigo. La noche era negra y la luz que proyectaba algún incendio ya mortecino, de alguna casa lejana, en vez de esclarecer, contribuía a embrollar más las cosas, pues hacia que todas las ruinas se pareciesen, dando al mismo tiempo a todo el lugar, un aspecto surrealista en el cual resultaba muy difícil orientarse. Ya sin tomar ninguna precaución, marchó por todos lados sin encontrar nada conocido, buscaba su pueblo y no podía aceptar que este ya casi no existía. Como un loco avanzó de repente en dirección de lo que parecía quedar de unos muros de ladrillo rojo que, al identificarlos como parte de la propiedad de Boris, le marcaron el camino. Bajo la luz dantesca que proyectaba un tenue incendio vecino, le parecieron deformes muñones que emergían de una inmensa masa de detritus de toda índole. A medida que se iba acercando a aquella desolación, se dio cuenta con más detalle del indescriptible caos que formaban los reventados sacos de yeso y cemento, junto a los ladrillos y azulejos y demás materiales de construcción. Ya no tenía ninguna duda de que se hallaba frente a lo que quedaba del almacén de su amigo. Ventanas y puertas prácticamente pulverizadas le hicieron imaginar la violencia de lo que a simple vista parecía ser el resultado de una, o varias explosiones.

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