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La Piedra

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No podría saber cuanto duró aquel suplicio físico y mental, pero el hambre y el cansancio hicieron de reloj instándole a salir rápidamente de aquel precario refugio. No podía aguantar más. Ahora ya no escuchaba ningún ruido. A su alrededor reinaba un falso silencio que le recordaba esa calma tan especial que se instala en una orquesta tras un apoteósico final. Completamente entumecido por la larga inmovilidad en un lugar tan húmedo, decidió salir de allí aprovechando que ya era de noche. Enseguida, pero con extrema cautela, fue avanzando casi palmo a palmo por el encharcado terreno en dirección de las primeras casas del pueblo. Aunque todavía se encontraba en las afueras, ya sentía el peculiar y desagradable olor que dejan las casas quemadas junto a otros olores no menos desagradables totalmente nuevos para él. Ya era noche cerrada cuando entraba en el centro del pueblo. No parecía haber nadie por los alrededores y era tal el silencio que reinaba por doquier que tenía la sensación de que incluso la naturaleza había enmudecido. Sólo algún que otro perro se cruzó en su camino. Veloces y silenciosos, aparecían y desaparecían como si no quisieran participar en aquella imbecilidad humana. Con extrema precaución Kovac fue avanzando lentamente, pero enseguida, la sensación de hallarse totalmente solo le impulso a que caminase con algo más de confianza. Al amparo de la noche y del espeso humo al que tenía que enfrentarse de tanto en tanto, dirigió sus pasos en dirección a la plaza en donde estaba el Ayuntamiento que parecía haber sido respetado. Ya sin tomar todas las precauciones que había mantenido al principio, entamó la calle que le conducía directamente al almacén de su amigo Boris. De pronto notó que estaba respirando un olor feo, y esa pestilencia que ya empezaba a identificar, venía a envolverle hasta marearle un poco. Unos metros más adelante, percibió entre nauseabundos efluvios que a duras penas podía soportar, el inconfundible y perturbador olor de la muerte. La imparable náusea que notaba le iba subiendo del estómago hasta apoderarse de todo su ser, le hizo detenerse en seco como no lo hubiera hecho mejor ante un fusil enemigo. Al borde del desmayo, incapaz de seguir adelante, se cobijo en el umbral de una puerta cualquiera y esperó. Se sentía extraño, hueco, como si de pronto le hubieran vaciado de su contenido esencial al contemplar a tan sólo unos metros de distancia lo que parecía ser el cuerpo de una mujer en medio de un mancha obscura.

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