logo

La Piedra

Página 31 de 50

Aquel día lo pasó entero escondido entre árboles y matojos aprovechando también los numerosos desniveles del terreno. Si creía oír algún rumor, se quedaba inmóvil allá donde se encontrase en ese momento. Tumbado entre los árboles y con la mente en blanco, permanecía extremadamente atento al menor ruido que pudiera advertirle de la presencia de aquellos bárbaros. Incluso tuvo que permanecer casi con la barbilla hundida en el fango que bordeaba el riachuelo sin cambiar de postura al oír el ruido hacían al desplazarse aquellos fanáticos de la guerra; aquellos auténticos dementes que, fuertemente armados, se dedicaban desenfrenadamente a lo que ellos mismos llamaban "Operación limpieza". Todo el mundo conocía ya las andaduras de aquellos radicales. Según los rumores que corrían sobre las sistemáticas matanzas que hacían entre los que ellos creían ser merecedores de su irracional odio, rara vez dejaban testigos de sus actividades. Kovac, allí tumbado, perforado de humedad y de miedos, recordaba esos rumores y sí, ¡claro que los creía! Incluso pensaba que se quedaban cortos, y que no reflejaban suficientemente toda la crueldad demencial de tales actuaciones. De lo que no había duda, puesto que lo decían ellos mismo, es que esos autoproclamados defensores de su tierra y sus costumbres no dudaban en causar bajas entre la población civil, fueran mujeres, ancianos, o niños. Ahora, hasta donde él se encontraba llegaban ruidos extraños procedente del pueblo. Un murmullo especial que, sin saber por qué, a él le anunciaba trágicos acontecimientos. Entre pequeñas explosiones y tiros de ametralladora oía aterrorizado histéricos gritos, algunos suavizados por la distancia. No obstante, sus sensibles oídos, ahora más sensibilizados que nunca por todos los temores que sacudían su mente y su cuerpo, captaban con toda nitidez las diferencias que había entre el trepidar de los motores de automóviles, los disparos de metralleta y los gritos, Un alterado vocerío sobrecogedor que solo se oía entre fuerte y aterradores estruendos. Pero lo que también apercibía era el desagradable olor que el ligero vientecillo le traía a sus narices. Ese nauseabundo y aterrador aroma, que circulaba en el ambiente anunciando el caos más absoluto que estaba seguro ya nunca olvidaría. Kovac ahora allí tendido de bruces, sobre el barro de aquel apacible arroyo y tiritando de frío, se figuraba que sus ropas y hasta sus huesos, se empapaban con las aguas ya enrojecidas de esa sangre derramada. ¡Ahora sí creía en la inextinguible demencia humana!

lapiedra

El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete