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La Piedra

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Quizá los seres humanos estemos condenados a vivir y morir repitiendo una y otra vez lo que nos permite nuestra reducida visión de la existencia, se decía él sin comprender muy bien el sentido de sus palabras. Olvidado de todo el mundo, incrustado como una lagartija en una de las grietas de aquel pequeño montículo, se sentía temeroso consciente de su fragilidad. Allí agazapado reflexionaba en todo y en nada. Hasta llegó a pensar que, quizá en aquel mismo lugar, y en parecidas circunstancias, algún guerrero de la antigüedad también se hubiera refugiado allí. Incluso pudiera ser qué ese soldado, macedonio o persa, o de cualquier otra nacionalidad, también pensara que esa era la última contienda en aquellas tierras. Habían tenido que transcurrir cuatro o cinco mil años, no sabía muy bien, pues su cultura no daba para tanto, para que se volviera a repetir la misma tragedia en aquel mismo escenario. ¡Ahora sí, esta vez, sí tiene que ser la última guerra en estos lugares! ¡El hombre no puede seguir siendo tan idiota!, se repetía en voz baja como si fuera una especie de rezo cargado de esperanza. Aterido de frío, y temblando como un epiléptico por ese otro frío que sólo se siente en el alma, intentaba atisbar a través de una minuscula rendija entre las piedras, lo poco que podía ver del exterior. Una pequeña abertura que sólo le permitía ver parte de la ladera en dirección del pueblo. En realidad, más que ver, intuía. Incluso con los ojos cerrados “veía” su terreno y su piedra. A veces, hasta incluso “veía” la casa que se iba a construir cuando aquella locura humana que ahora arrasaba su país hubiera terminado. Había tenido que acabar refugiándose en aquel minúsculo habitáculo al verse obligado a abandonar su cueva, debido a que una noche, de vuelta de una de sus acostumbradas excursiones al río a llenar su bidón de agua o al pueblo a buscar algo para comer, había visto desde lejos un nutrido grupo de hombres que le parecieron ser los temibles y tristemente famosos paramilitares. Pensando que habrían descubierto su refugio, ya que andaban merodeando por sus alrededores, decidió no volver por allí. Convencido de que, aunque no le estuvieran buscando precisamente a él, no era cosa de enfrentarse a ellos a costa de cuatro utensilios y de las escasisimas provisiones que guardaba allí. Sin pensarlo dos veces, se dirigió muy decidido a buscar refugio entre los árboles que bordeaban el rio.

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