logo

La Piedra

Página 29 de 50

¡No!, no..., exclamó en forma de un grito que no pudo reprimir. Luego se quedó como hechizado, inmóvil. Así estuvo un tiempo que le pareció larguísimo. ¡Tanto esfuerzo y no ha servido para nada!, no dejaba de repetirse en su interior como si no fuera capaz de admitir la realidad. Sólo cuando estuvo muy cerca del lugar del estallido, se dio cuenta de que no hay explosión, sea del orden que sea, que no deje huella. Aquella que él mismo había provocado hacía tan sólo unos instantes, además de dejarle a él en un estado físico lamentable, le aportaba otro cráter al lado de la roca. Este, aunque era más pequeño que el que ya tenía al otro lado, dejaba suspendida entre los dos, en perfecto equilibrio, su detestada piedra. Le dejó tan conmocionado este doloroso fracaso, que no podía asegurar si fue al día siguiente, o dos días después, cuando hasta su refugio empezó a llegar nítidamente el eco de otras explosiones cada vez más cercanas. Alguna tan próximas que temió que llegaran a alcanzarle. No cabe duda de que algo está sucediendo en el pueblo, pensó inquieto. Esa noche, era tal el resplandor de los incendios que venían de esa dirección, que no tuvo que hacer esfuerzo alguno para comprender que provenían del pueblo. No cabía duda de que muchas casas del pueblo estaban ardiendo, y a juzgar por la fuerte intensidad de la humareda, parecía que ardía todo él. Aquella noche fue una de las peores que podía recordar. Se encontraba sumamente abatido. Físicamente muy cansado, pero, sobre todo, padeciendo un extraño sentimiento de soledad que ya empezaba a resultarle casi insoportable. Con profunda tristeza pensaba en la estupidez humana, ¡Por qué tanto sufrimiento!, se lamentaba tratando de encontrar una explicación razonable. ¿Podía explicarse la terrible y absurda obsesión que parecen tener todos los humanos por promover guerras constantemente? ¿No habían comprendido ya que todas esas guerras sólo hay perdedores? Él, a pesar de no ser ningún lumbreras, como él mismo reconocía, no podía admitir que el ser humano fuera tan idiota como para destruir periódicamente todo lo construido con tanto esfuerzo. Como si ir destruyendo lo construido para volver a construirlo después, fuera el camino para poder disfrutar de una mejor existencia. ¡No tenemos arreglo!… No aprendemos. Ni siquiera tenemos en cuenta que el recuerdo del sufrimiento causado… ¡Tantas vidas truncadas!, no es un combustible fácil de extinguir, y aunque existan momentos que parezca que el fuego se ha apagado, siempre quedará una pequeña llamita en alguna parte que, tarde o temprano, servirá para que otro imbécil la use para volver a incendiar el mundo.

lapiedra

El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete