logo

La Piedra

Página 28 de 50

Convencido de que no quedaba en sus manos ningún residuo del líquido inflamable que sacó de su bolsillo la caja de cerillas. Sin poder controlar el creciente nerviosismo que se iba apoderando de su cuerpo que encendió una, esperó casi sin respirar a que se encendiera bien el palito, y sólo cuando vio que estaba bien encendido lo tiró muy cerca sobre la cuerda mojada, viendo como esta se incendiaba al instante. Se puede decir que esto fue lo último que vio teniendo los pies sobre la tierra, pues no había dado más que unos cuantos pasos para alejarse de allí y empezado a contar los segundos que le quedaban para alcanzar su refugio, que la onda expansiva de la tremenda explosión que se produjo, le hizo contemplar el paisaje desde cierta altura. Cielo, árboles y tierra, se sucedieron a sus atónitos ojos en una perspectiva desconocida hasta entonces, antes de aterrizar muy cerca de los árboles, que debían de haberle servido de protección. El tremendo batacazo que se dio contra el suelo pedregoso, y la lluvia de tierra y piedras con que fue regado nada más tocar tierra firme, le dejó momentáneamente aturdido. Por suerte para él que cayó bien. El golpe lo amortiguó considerablemente, la inclinación natural del terreno que le hizo salir rodando ladera abajo hasta quedar tendido en el suelo cuan largo era. Estaba tan conmocionado que tardó algún tiempo en realizar lo que le había sucedido, A pesar de todo, y aunque le pareciera un milagro. se sentía vivo. Cuando ya tomó algo de consciencia y se percató de la realidad, aunque aún seguía bastante desconcertado, se levantó del suelo muy despacio, palpándose por todo el cuerpo, como si dudase de seguir todavía entero, ya que, tras aquel inesperado vuelo sin motor, aparte de algunas ligeras contusiones no se encontró nada que estimara verdaderamente grave. A pesar de la suerte de haber salido entero de aquella aventura, sentía un fuerte dolor en la cabeza, y en sus oídos un molesto zumbido, como si los tuviera pegados a una aspiradora en marcha. Bastante atontado, miró a su alrededor, la visibilidad era escasa, pues además de las negruras de la noche, y de estar envuelto en una nube de polvo que le provocaba un fuerte escozor en los lagrimales, sus ojos, debido al batacazo sufrido, le hacían chiribitas impidiéndole ver con precisión. De repente pareció darse cuenta de lo que le había sucedido... ¡La piedra!, gritó enseguida. ¡Había conseguido hacer explotar le piedra!, se dijo eufórico tratando de divisarla todo lo rápido que le permitía el estado algodonoso en el que se hallaba sumergido en esos momentos. Allí, entre medias de la polvareda, que poco a poco ya se estaba disipando, percibió la inconfundible silueta de su detestada roca.

lapiedra

El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete