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La Piedra

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Ya estaba a unos pasos de la mecha, que empezó a comprender lo que había sucedido esta vez. Ahora la cuerda había ardido, tocante a ese tema la operación había sido un éxito, incluso la oscuridad reinante le permitió ver con toda nitidez que aún ardía ligeramente en algunos lugares. Lo que le dio la pista para comprender, fue comprobar que la punta de la cuerda que él había dejado en contacto con las mechas de los cartuchos ahora se hallaba muy separada de ellas. ¡Debí de enfroscarlas todas!, exclamó furioso recordando que ya le habían dicho que lo hiciera así. ¡Claro, ahora comprendía! La cuerda al arder se habría retorcido, y al estar suelta, la punta se había desplazado del objetivo. ¡Qué imbécil que he sido!, no paraba de culpabilizarse. Por suerte que aún le quedaba un poco de liquido y sobre todo un trozo de cuerda para la mecha. Eso sí, algo más corto, pero como no tenía otra posibilidad tendría que aguantarse con lo que tenía. ¡Claro, ahora tendré que correr mucho más deprisa!, calculó enojado. ¡Bien!... Pues correré más deprisa, se dijo decidido sin pensar en las consecuencias que podía tener esta improvisación. Resignado a seguir los pasos que le marcaba la solución encontrada, ¡la única!, reconocía él, comenzó los utensilios para, esta vez, conseguir salir airoso de su cometido. Algo envalentonado por la experiencia que había adquirido tras los fracasos sufridos, se sentía más seguro de sí. Fue con la certeza de que la próxima vez su intento no fallaría, que empezó a limpiar el terreno de acción. Con los pies barrió los restos de la cuerda quemada, asegurándose de que no quedaba ninguna chispa encendida, y sólo cuando se hubo convencido de que no había ningún peligro buscó de nuevo el contenedor de vidrio con el resto del líquido inflamable, así como la nueva mecha y la lata que le servía para mojarla. Ahora repetía todos los movimientos con mucha más soltura. ¡Qué bueno es tener experiencia!, se decía en su interior lleno de satisfacción. Con la lata que contenía la cuerda embebiéndose en el resto del petróleo (que ahora le olía más que nunca a gasolina), se acercó a donde estaba semi enterrada la dinamita y lo dejándolo todo allí mismo, ya que poco importaba otra explosión, procedió a poner la mecha en el mismo lugar que la anterior. Consciente de que esta era su ultima oportunidad, porque ya no le quedaba liquido, ni cuerda para la mecha, y tan sólo unas cuantas cerillas, empezó a enroscar con sumo cuidado las mechas de los cartuchos a una de las puntas de la mojada cuerda antes de dirigirse al otro extremo. Fue allí donde, tras secarse prolijamente las manos con la tierra sintió la necesidad de respirar profundamente.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete