logo

La Piedra

Página 26 de 50

De un vistazo se aseguró que la punta no se había movido y seguía estando junto a las enroscadas mechas de los cartuchos. No era preciso que procediera a unirlo todo. No tenía tiempo... El petróleo, o lo que fuera, se evaporaba. A unos metros de allí, protegida ya por un grueso árbol, dejó la lata y el trozo de cuerda que le había sobrado, junto al contenedor de vidrio con el resto del líquido. “En estos tiempos de guerra no es fácil conseguir petróleo” Le había advertido su amigo al entregárselo. Volviendo a echar una furtiva mirada sus alrededores para asegurase de que estaba solo, con mano temblorosa abrió la caja de cerillas y extrajo una, y con dos nerviosos golpes la encendió. Inmediatamente y casi sin agacharse, la arrojó sobre la mecha. Era tal su deseo de salir corriendo de allí que ni se dio cuenta de que la cerilla, antes de que tocara el suelo, ya estaba apagada. No obstante, esperando oír de un momento al otro una fuerte explosión, él continuó corriendo hasta parapetarse detrás de los árboles que ya tenía elegidos de antemano. Fue desde este refugió que se imaginó el porqué de su fallida explosión. ¡He debido cerciorarme de que quedaba encendida la mecha antes de salir corriendo como un estúpido!, se reprendió haciendo un gesto de disgusto por su negligencia. No obstante, observando no poca cautela por si cálculo era erróneo, retornó con máxima prudencia hacia donde se hallaban los cartuchos y la mecha. Ahora mucho más nervioso que antes, debido al esfuerzo de la reciente carrera cuesta abajo y cuesta arriba que acababa de efectuar, volvió a encender a duras penas otra cerilla. Esta vez se agachó con ella encendida hasta casi tocar la mecha, y sólo cuando estuvo convencido de que ésta prendía fuego, salió disparado como una exhalación por la ladera en dirección del rio. A punto estuvo de caerse rodando después de dar un traspié con un pedrusco, pero tras hacer varias piruetas logró mantener el equilibrio hasta lograr guarecerse detrás del mismo árbol que lo hiciera anteriormente. Una vez detrás de él, se asomó curioso al notar que ahora tampoco había oído la explosión esperada. No comprendía que había podido pasar ahora. Esta vez estaba seguro de haber encendido la mecha, se decía tan decepcionado como mosqueado por este nuevo fracaso. Fue con extrema precaución que ahora salió de su escondite. Caminando muy despacio, como si esperara ser sorprendido de un momento a otro con una fuerte explosión, que fue subiendo lentamente hacia el punto de partida. Todo estaba silencioso, el único ruido que escuchaba era el de su corazón que bombeaba desaforadamente.

lapiedra

El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete