logo

La Piedra

Página 25 de 50

Uno… Dos... Tres..., iba contando mentalmente cuidando de mantener el mismo ritmo. Al terminar de contar veintiuno casi se tiró en plancha sobre el pedregoso suelo. Casi de inmediato, y haciendo una pequeña contorsión, de un ágil salto se levanto como si nada. Distraídamente, se sacudió un poco la ropa mientras volvía a mirar a su alrededor. Lo primero que observó, fue que el más cercano de los árboles suficientemente grueso para que pudiera protegerle de la explosión, se hallaba a unos ocho o diez metros de donde él se había detenido tras consumir el tiempo que él se había fijado de antemano para su carrera. Esto le hizo pensar que, cuando fuera realizada la acción verdadera debería correr aún más rápidamente. ¡Lo haré!, se prometió muy seriamente mientras que, con gesto de dolor se sacudía las piedrecitas que se habían incrustado en sus manos en su caída. Fue al lado de la roca que esperó pacientemente el anochecer. Impaciente oía que en un lugar no muy lejano seguían produciéndose algunas explosiones. Sin embargo, en las cercanías de donde él estaba no se oía nada, ni se percibía movimiento alguno. La ausencia de la luna creaba una noche sin sombras. Lentamente se encaminó hacia donde se hallaba la cuerda que iba a emplear como mecha, y recogiéndola del suelo hizo con ella una especie de madeja que introdujo en una vieja lata vacía que le había proporcionado su amigo Boris. Con mucho cuidado, vertió sobre ella algo más de la mitad de lo que contenía el frasco de vidrio que también le había dado su amigo dejando que se impregnara bien de aquel líquido. Ahora tenía que ser muy preciso, y muy rápido, enseguida pensó en aquel hombre de color de la serie televisiva “Misión imposible” que tanto admirara él. Ahora trataba de imitar el aplomo y frialdad profesional que mostraba siempre aquel personaje. Pensaba que lo que él tenía que hacer no era tan peligroso como aquellas misiones pues se trataba de hacer explotar solamente dos barrotes de dinamita, debía de poner mucho cuidado para que su aventura fuera un éxito. Comprobó muy atentamente que la cuerda se había embebido bien de aquel oloroso líquido parecido al de la gasolina y con mucha calma buscó uno de los extremos que chorreante colocó junto a las mechas de los semienterrados cartuchos. Luego, con extrema precaución fue retrocediendo lentamente depositando al mismo tiempo, tal y como iba saliendo de la lata, el resto del cordel sobre la tierra hasta alcanzar la piedra que había dejado como referencia en su anterior ensayo. Esta operación terminada, se quedó unos breves instantes contemplando la obra realizada para ver que todo estaba tal y como lo tenía previsto, asegurándose de que no había olvidado ningún detalle. Una vez más examinó que la cuerda, oscurecida por los efectos del líquido, estaba bien colocada. Ahora vista con la poca luz reinante, parecía una inmensa raya negra sobre la tierra reseca.

lapiedra

El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete