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La Piedra

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Asuntos de conciencia y cosas así. En cambio, los de Hollywood, no escatimaban los detalles sangrientos. Existían filmes que eran pedagogía pura, pensaba Kovac con cierta admiración, ya que eran verdaderos manuales para quien quisiera aprender a ser un verdadero malhechor. Ahora le venía bien recordar como el protagonista de aquella película sobre el robo a un banco, había hecho primero un agujero en el muro para meter en él los cartuchos de dinamita para luego, por medio de una mecha hacerlos explotar. En otro filme había visto que esos cartuchos los tiraban ya encendidos igual que sí se tratara de inofensivos petardos de feria. Creía recordar que era una película de vaqueros y el protagonista montado a caballo los prendía fuego con la ayuda de un cigarrillo que se mantenía encendido a pesar del galope desenfrenado que mantenía el caballo. Claro que él poseía solamente dos cartuchos, no fumaba y estaba claro que no disponía de un caballo. Él tenía que operar con toda la sensatez que requería un asunto tan delicado. Dicho esto, depositó con muchísimo cuidado los explosivos en el agujero que acababa de hacer en el suelo, muy cerca de la roca. Con precisión de cirujano procedió después a rellenarlo de tierra, cuidando de no tapar los cartuchos completamente. Hasta ahora todo lo estaba realizando tal y como le había dicho que hiciera el jovencisimo soldado que le había proporcionado la dinamita. Aquel enviado de su primo se lo había explicado perfectamente, “Entiérralos casi enteramente, pero deja las mechas fuera, luego las enroscas con mucho cuidado a una mecha bastante larga”, le explicó de carrerilla casi sin respirar. “Siento que esa mecha no la he podido conseguir..., ¡bueno!, tendrás que improvisar una. Puedes usar cualquier cosa parecida... Una cuerda que no sea muy gorda la embebes de petróleo o cualquier otro líquido inflamable que encuentres y luego la extiendes desde las mechas de los cartuchos hasta el lugar en donde te vayas a refugiar de la explosión. Enseguida la prendes fuego y corre... Corre lo más rápido que puedas”, subrayó el jovencísimo sargento con voz que quería estar en consonancia con sus galones, antes de desaparecer como una exhalación por la obscura calleja de la que había salido momentos antes. El cordón que Kovac se había procurado a guisa de mecha, medía más o menos, unos diez metros, pero tenía el inconveniente de estar cortado en dos trozos, irregulares. Naturalmente, enseguida decidió emplear el que le pareció ser más largo.

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