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La Piedra

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Así anda el mundo. Ya no se puede confiar en nadie, se dijo con infinito desconsuelo ¡Ni siquiera en los americanos! Tanto entrenamiento, tanto sofisticado armamento..., y luego fallan como principiantes. ¡Bah!, se quedó murmurando un buen rato decepcionado mirando, con la mente en blanco, la gigantesca masa de la roca, que ahora desde la distancia en que se hallaba, ya podía distinguir perfectamente. ¡Intacta!, constató. ¡Ni la han rozado siquiera! Bonita manera de querer ganar una guerra, si ni saben acabar con un simple peñasco... ¿Y así quieren dominar el mundo? Asqueado de su suerte, se dirigió de nuevo hacia su refugio, ahora caminaba lentamente ladera arriba sin tomar ninguna precaución. A pesar de que ya había amanecido y le podía ver perfectamente cualquier franco tirador, ya no le importaba. Enfrascado pensado en su mala suerte, y en la poca efectividad de los aliados ni siquiera era consciente del peligro que corría dejándose ver. Eran tan ineficaces como ejercito que ponían en peligro a sus propios soldados. Aquella piedra podía ser fácilmente una construcción que albergara al enemigo. Incluso podía ser un escondrijo ideal para la defensa antiaérea, o un depósito de armas… Cualquier cosa no buena. ¡Tenían que haberla destruido!, concluyó haciendo un gesto de desprecio. De nada había servido que él pintara unos días antes parte de la roca con las manchas de camuflaje que él había visto en las películas de guerra para tratar de ocultar al enemigo alguna posición importante. La piedra seguía allí, indemne, constató al volver a mirarla desde lo alto de la ladera. Ahora sintió una fuerte punzada en el corazón al no distinguir la pequeña caseta que él había construido con viejas maderas para guardar sus herramientas y algunos materiales. Incluso en algunas ocasiones hasta había pasado la noche allí. ¡Será posible!, exclamó enfurecido. ¡Será posible!, continuó diciendo con incontenible rabia, mientras se precipitaba de nuevo ladera abajo, sujetándose la manta con una mano mientras que la otra en forma de puño, la agitaba amenazadora en dirección del cielo. ¡Serán idiotas! ¡No puedo creer que hayan bombardeado mi caseta!, gritaba echando chispas mientras corría en dirección de la parcela. Cuando por fin rodeó la piedra para ver los destrozos causados en lo que él consideraba su primera edificación, descubrió que ya no existía caseta alguna sino un cráter en el terreno de considerables dimensiones.

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