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La Piedra

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He comprado bien... No está nada mal este sitio, se repetía constantemente para animarse tratando de poner algo de ilusión a su poco envidiable situación actual. Se imaginaba aquel lugar lleno de primorosos chalecitos blancos con sus cuidados jardicillos llenos de flores... Sobre todo, el suyo. Esta idílica visión le hizo que sus ojos se dirigieran en dirección del lugar en donde estaba su parcela. Desde la altura que observaba aquella zona sólo veía una parte del enorme pedrusco que la ocupaba. Una noche en la que, a pesar de algunas lejanas detonaciones, excepcionalmente había podido sumirse en un sueño profundo y reparador, una fuerte explosión le hizo incorporarse del camastro completamente sobresaltado. Lo primero que pensó es que había debido de suceder muy cerca de la montañita en donde estaba situado su refugio ya que le había parecido que todo se había movido a su alrededor. ¡Por fin!, no pudo impedirse de exclamar con notoria alegría nada más tomar consciencia de la realidad. La verdad es que no sabía dominar su creciente excitación. Se imaginaba que sus rezos habían sido atendidos allá, en donde dicen que se deciden las concesiones que se otorgan a los humanos. ¡Alguien me ha escuchado! se decía eufórico sin saber muy bien qué hacer. ¡Ya era hora!, se decía viendo a través de su imaginación la piedra hecha pedazos mientras se preparaba para salir al exterior de su habitáculo. Claro que, antes de salir, alegre como un chiquillo a la salida del colegio, se precipitó hacia su puesto de observación, y excitado como jamás lo estuvo antes, oteó el exterior. Enseguida notó en su cara un vientecillo gélido, especialmente en sus ojos, en los que parecía recibir aire frio a través de un tubo. Esto no le impidió que mirase fijamente el paisaje a pesar de no poder ver gran cosa, pues empezaba a amanecer y la luz era escasa. Sin embargo, distinguió una gran nube negruzca, que sin poder precisar si era humo o polvo, cubría prácticamente todo aquel pequeño trozo de valle.

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