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La Piedra

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Desde luego, él lo tenía muy claro, aunque no entendía muy bien el ¿por qué?, y el ¿para qué? de ese “todo”, sí estaba seguro de formar parte de él. Como aquella roca que ahora estaba encima de su terreno, cuando por fin la hiciera desaparecer, ¿desaparecería verdaderamente?, se preguntaba él imaginándola convertida polvo. Una visión que, aunque no solucionaba su problema, al menos le hacía sentir cierta satisfacción. Pensar en él médico ya cura, un poco, le habían dicho en alguna ocasión. Pasaban los días y las cosas se iban empeorando. Kovac como tantas otras gentes de pueblo, se vieron en la necesidad de alejarse de aquellos lugares, o permanecer refugiados para así escapar de las redadas que hacían los militares y también de las que hacían ciertos individuos que iban por libre. Precisamente éstos, fueran de un bando u otro, eran los más radicales y por tanto los más peligrosos y sanguinarios. Refugiado en aquella pequeña covacha, casi en lo alto de uno de los más rocosos montículos de los que rodeaban el pueblo, Kovac pasaba allí metido la mayor parte del tiempo. Tristemente decepcionado, escuchaba como a lo lejos seguían sonando las fuertes explosiones que, cada día mas encarnizadamente, ocasionaban los aliados. Otras detonaciones, algo más pequeñas y variadas en cuanto a intensidad, eran las que ocasionaban los serbios en su descabellada respuesta revanchista. Kovac ya iba aprendiendo a distinguir unas explosiones de otras. Últimamente ya ni siquiera notaba la diferencia, sólo que las oía con más profusión y mucho más cercanas. Viéndose obligado a permanecer escondido, se sentía con la moral por los suelos. De vez en cuando, se levantaba del camastro en el que solía tumbarse a dormir, o a pensar, para asomarse al exterior. Siendo esta su única distracción, aunque con mucha cautela, se asomaba con frecuencia para no ver más que una pequeña parte del paisaje. Por un pequeño orificio del entramado con el que tapaba la entrada a la cueva, solo veía una parte de la ladera que terminaba en una especie de prado, luego como si fuera una cinta verde divisaba los matorrales que, en su parte más baja, ocultaban el riachuelo que él conocía muy bien. Era esa parte del río la más atrayente de aquellos lugares. Ahora se lo imaginaba fluyendo allá abajo reposado y tranquilo con sus aguas limpias… Por lo menos así eran antes de la guerra, se dijo pensando en otra cosa.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete