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La Piedra

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Todos los días desde que habían empezado los bombardeos en aquella zona, desde aquel refugio de pastores en donde había terminado por refugiarse al verse paralizado la vida en el pueblo, observaba su parcela casi con ternura. En esos días en los que su estado de ánimo se le venía abajo, había días que se la imaginaba minúscula con aquel peñasco en medio. En esos días resultaba casi imposible no sentirse deprimido. Allí encerrado en la fría penumbra de la estrecha cueva que le cobijaba sólo podía pensar. ¿Qué otra cosa podía hacer? Reflexionaba mucho, pero sobre todo se empleaba a fondo en hacer un inventario, de su vida y también de sus bienes. Claro que, estos eran tan escasos que enseguida terminaba el recuento. En cambio, su vida, no siempre había sido así. “El inadaptado”, como le habían catalogado muchos a su alrededor, hubo un tiempo que había sido diferente. En sus años mozos, había sido un creyente, y no sólo para los temas religiosos, sino en todo. Ahora se daba cuenta de que había sido el clásico ingenuo que creía todo lo que le decían. Quizá fuera por el extremo mutismo que empezó desarrollar como defensa a su debilidad en el intercambio de ideas con los demás, que empezó a ser casi inexistente. Aun estando presente no se le consideraba y apenas se le tenía en cuenta, incluso cuando se dirigían a él notaba en ellos ese tonillo algo burlón con el que se trata a los que no se espera nada, ni siquiera una respuesta aceptable. Desde luego que él no era como pensaban que era, aunque, a veces se divirtiera actuando como los demás esperaban que lo hiciera. Pocos sabían, ni siquiera podían sospechar que él era un ser independiente. ¡Eres un rebelde!, le decía el religioso de turno cuando sentía no convencerle de las “verdades” del dogma. La verdad es que él tenía unas verdades mucho más equilibradas y justas que las que querían imponerle. ¡Él tenía ideas! Él pensaba que el ser humano, embebido de su ridícula vanidad, pretendía ser más sabio que la propia naturaleza de la que procedía. Y para él, eso era como pretender, en un alarde de soberbia, ser más piedra que aquella que le jorobaba su parcela. En su mente extrañamente compleja le parecía que todo esto era como jugar a ser Dioses. A él, este juego le parecía altamente peligroso. ¿No era la naturaleza la máxima expresión de equilibrio de la cual nosotros mismos somos parte? ¿Entonces, por qué inventarnos fuentes que superen ese reconocido equilibrio? El ser humano en su ilimitada vanidad, residuo de sus más profundas angustias, trata de imponer su propio orden a todas las cosas, para así poder meter mejor sus “cuñitas” y, así, creer ser mucho más que una parte de un todo.

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