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La Piedra

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En el fondo, pobres humanos como él, pero tan tontos que están convencidos de que deben de dar su vida o quitársela a otros tan equivocados como ellos, por defender su manera de cantar o bailar o, incluso la forma de atarse las zapatillas. Según ellos, ¡inequívocos rasgos de las trascendentales diferencias heredadas de sus gloriosos ancestros!, acabó diciéndose al mismo tiempo que hacía un gesto de mal humor. Enseguida, queriendo dejar de pensar en lo estúpidos que eran todos los humanos al permitir que les laven el cerebro con eso de las diferencias tradicionales y demás zarandajas, volvió a pensar en sus problemas. Para él, hombre llano de pueblo y con escasa cultura, las únicas diferencias que existían entre los seres humanos estribaba en la ignorancia, y desde luego no eran hereditarias. Alguien con estudios era y vivía distinto que un ignorante, incluso no hablaban igual aun usando la misma lengua. Pero no por este motivo los sabios se iban a liar a mamporros contra los analfabetos, o viceversa, esgrimiendo unos y otros el pobre argumento de unas diferencias que sólo dependían de ellos mismos. Así pensaba él, y aunque no tenía muy claro todo este asunto, estaba convencido de tener razón. Si la gente seguía matándose ahora como lo había hecho durante siglos, debía ser por algo más. Debía haber algo muy importante que él no alcanzaba a comprender. Alguna cosa que, de tanto en tanto, se ponía de moda y emponzoñaba la convivencia inteligente. Incluso entre los seres básicamente simples y honestos, de la noche a la mañana se transformaban en seres de feroz intransigencia... ¡Bueno! ¿Qué más me da a mí? Que se maten entre ellos si es eso lo que quieren. ¡Idiotas!... No se dan cuenta de que algún día tendrán que hacer las paces. ¿Por qué esperar a haberse destruido mutuamente sus respectivas casas y sus medios de subsistencia sembrado tanto dolor, y engendrando más odio para el futuro? Un futuro que, unos y otros siempre tendrán en su memoria ya que hay muertos que son imposibles de enterrar, concluyó casi al borde de pelearse con el mismo ¡Desde luego que a él le dejaran tranquilo con esas tontunas! Él lo que quería es que le destruyeran aquella molesta roca para poder construir su ansiada casa… Respecto a todo lo demás, que me dejen en paz. No habiendo conocido a sus padres, ¡cómo saber exactamente a qué lado de la frontera había tenido la “dicha, o desdicha” de haber nacido! ¿Cuál era su origen?, se aventuró a preguntarse pensando que, en el caso de unirse a la guerra, hasta podía equivocarse de bando y matar alguno de los “suyos”. ¡Su piedra! Su piedra era lo único que le importaba, y esta se mostraba mucho más difícil de aniquilar que cualquiera de esos bravucones perdonavidas, aspirantes a soldaditos, que eran casi todos sus paisanos.

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