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La Piedra

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¿Será posible que las rocas crezcan con el tiempo?, se preguntaba a veces bastante escamado al observar como ésta parecía engordar y ocupar cada vez más espacio en su estrecha parcela. Kovac sabía que esto era casi imposible, que las rocas no engordan tan fácilmente, y que llegar a hacerse esta pregunta suponía una flagrante estupidez. Quizá esta ilusión óptica que empiezo a sufrir en ciertos momentos sea debido a la constante contemplación que, a falta de otros puntos de interés, le estoy dedicando últimamente, se decía él para asegurarse de que todavía no había perdido el juicio. Desde que los bombardeos, fueran de unos o de otros, sonaban tan cercanos, seguía con minuciosidad todos los pormenores de esa guerra tan absurda. Las bombas continuaban cayendo del cielo con verdadera machaconería arrasando sin tregua, no solo una parte del país intransigente causante del conflicto, sino también al que se pretendía ayudar y defender. Bajo tantos aviones diversos, ostentando distintas banderas, no quedaba nada más que trágica desolación. Era evidente que todo lo que desde arriba pudiera parecer lugares de camuflaje o deposito de armamento era sistemáticamente destruido. ¡Todo, absolutamente todo, menos la piedra!, se decía él pensando que esta guerra era su gran oportunidad. Una ocasión que, a juzgar por las declaraciones que hacían los brillantes promotores de la misma, no iba a durar mucho. “¡Sólo es cuestión de días!”, aseguraban con cierta solemnidad los oficialmente entendidos de estas cosas. ¡Chiquillerías!, opinaba él para sus adentros al escuchar las ultimas noticias difundidas a bombo y platillo asegurando que los beligerantes comenzaban a dar los primeros pasos en ese coqueteo preliminar que se instala al inicio de las negociaciones para poner fin a un conflicto. Aunque él no tenía acceso a ningún periódico, se imaginaba las fotos que ya estarían publicando de los antagonistas juntos y con ademanes corteses, y hasta diplomáticamente sonrientes sentándose en una mesa para negociar la paz. ¿Y los muertos qué? ¿No podían haberse sentado antes? ¡Ah, la diplomacia!, solía exclamar Kovac en la soledad de su pequeño refugio un tanto abatido al pensar en todas estas cosas que el encontraba de una insoportable inmoralidad. ¿Acaso no es inmoral que en esa especie de partida de ajedrez que a veces entablan algunos políticos como algo virtual, no se tenga en cuenta que el sufrimiento y los muertos si son reales?, se decía él asqueado. Claro que pasado el primer síntoma de furor por tanto cinismo optaba por tomárselo con calma. ¡Bueno..., qué le importaba a él quién tenía razón en esa sinrazón! ¡Allá aquellos que creen que son radicalmente diferentes por el simple hecho de haber nacido al otro lado de una raya imaginaria! Una vez muertos ya no son tan distintos. ¡Imbéciles! ¡Que se fueran al diablo todos ellos!, tronaba para sus adentros.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete