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La Piedra

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Cuando por fin estalló la guerra en aquel sector, Kovac ni se inmutó, la estupidez humana hacía tiempo que ya no conseguía despertar en él ni siquiera emociones de tristeza. Para ser exactos, casi se podía decir que le causó cierta alegría el que se extendiese aquel maldito conflicto hasta aquellas tierras. No es que se alegrara de que se mataran entre sí los que habían compartido aquel territorio durante tantos años de pacifica convivencia, sino que tal vez sirviera para resolver, de una vez por todas, aquel viejo asunto de distintas e intransigentes soberanías, que él nunca llegó a comprender. Siempre aquellos mismos viejos problemas que, aunque se los explicaran con tranquilidad, sin las habituales exaltaciones y, sobre todo, exentos de los trazos tendenciosos de los diferentes narradores, él nunca pudo ver con suficiente claridad. Claro que, tampoco comprendía que los autodenominados "pacificadores" volaran a bombazo limpio, puentes y carreteras, y hasta edificios enteros, dejando a causa de estas acciones, sin casa a los que se decían que querían ayudar. ¡Bonita manera de ayudar a razonar!, se decía él más desorientado que nunca, pues pensaba que todo era una formidable insensatez. Claro que, ¿por qué no sacarle provecho a toda esa contradicción?, pensó de repente como si acabara de resolver una incógnita. Ya que no era él quien tenía poder de decisión sobre todo aquel conjunto de barbaridades que comportaba una guerra tan estúpida, y no siendo él quien daba las órdenes para que aquellos bonitos aviones tan nuevos, vinieran a lanzar toda clase de artilugios explosivos sobre la gente indefensa, si podía intentar beneficiarse. Tranquila su conciencia por no ser responsable de nada, se alegraba de la oportunidad que le brindaba la locura de otros. Acariciando en secreto la ilusión de que uno de aquellos eficaces aviones (como gustaba repetir con exagerado acento ingles el locutor que narraba la contienda), acudiera a solucionarle el problema que le ocasionaba su piedra, él escuchaba las peripecias de la guerra en la pequeña radio que se había llevado a su cueva. Desgraciadamente, seguían cayendo las bombas con arrogante insistencia por todos lados menos en donde verdaderamente hacían falta, pensaba él con fastidio. Sin duda alguna que este despliegue de hombres y material suponía un gran esfuerzo para algunos, y desde luego un enorme gasto, pero no solucionaba nada. Ni siquiera servía para solucionarle a él su pequeño problema. ¡Una pequeña explosión sería suficiente!, se decía considerando que él se conformaba con bien poco. Sin embargo, hasta el momento sus deseos no habían sido satisfechos, ya que, su enorme piedra (se decía él con orgullo de propietario), seguía campeando soberanamente en medio de un trozo de terreno que últimamente, cada vez que le miraba le parecía más pequeño.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete