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La Piedra

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¡Cuantas veces la había examinado desde que la compró! Incluso desde su trabajo en el ayuntamiento, siempre que tenía la oportunidad subía hasta la ventana al lado del reloj para comprobar que seguía allí. No se cansaba de observarla. La analizaba, la medía, la remiraba. La conocía en todos sus ángulos y hasta la más pequeña de sus hendiduras. Nada de ella era un secreto para él, incluso su peso. ¿Cien toneladas, doscientas?, calculaba él según su estado de ánimo. De todas maneras, los cientos de toneladas se barajaban en su cabeza, con la misma arbitrariedad, que las estimaciones que hace la policía y los organizadores sobre el número de asistentes a una manifestación. Lentamente, pero sin pausa, la idea de quitarse de en medio aquella piedra, había ido ocupando sus pensamientos desde que la vio por primera vez. Como si se tratara de una autentica obsesión, pensaba en todas posibilidades para lograr su fin. Era por lo que, poco a poco, había llegado a la conclusión de que la única forma de conseguir librarse rápida y contundentemente de aquella pesada "ocupa" sería gracias a una explosión. Pero ¿cómo?... ¿Las bombas?, se preguntaba una y otra vez influenciado por el explosivo ambiente que reinaba en la actualidad en aquellos lugares. ¿Hacerla explotar…?, se preguntaba sin saber exactamente el alcance de sus pensamientos Casi todos los días, aunque fuera muy rápidamente, se daba una vuelta por su parcela para echar un vistazo a su piedra. A base de retorcidas ramas y algunos troncos de árboles no muy gruesos, se había construido una rudimentaria escalera para poder encaramarse a lo alto de la roca. Aunque no se lo confesara, lo cierto es que allá arriba, en lo que el estimaba como su propiedad, aislado aún más del mundo de lo que era habitual en él, se sentía feliz. Era como si observando su terreno con la perspectiva que le proporcionaba la altura, notara como si éste fuera aún más importante. Era buscando esa placentera sensación que, siempre que le era posible, acudía a ese especial mirador en el que pasaba horas escudriñando el horizonte. A veces, un poco cansado de estar de pie en tan desigual superficie se sentaba para pensar. En realidad, siempre que subía a lo alto de aquella impresionante roca sentía una sorprendente necesidad de cavilar. La verdad es que reflexionaba sobre tantas cosas que, a veces, ni siquiera podía estar seguro de si había estado pensando o soñando. En todo caso, fuera lo que fuera, una vez bajado de la roca, parecía haberlo olvidado casi todo. Así, pensando o soñando, o simplemente divagando, en los días que no tenía que ir trabajar, (si el tiempo se lo permitía), pasaba bastante tiempo allí subido. Inmóvil, sentado en lo más alto de aquella piedra, de haberle observado desde lejos, se hubiera podido pensar que era una versión yugoslava de la sirenita de Copenhague.

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El caballete El caballete El caballete El caballete El caballete