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La Piedra

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De pie o sentado, un poco al margen de los asiduos de aquella tasca, miraba con mucha atención en el televisor los estragos que ocasionaban las bombas de los aliados. Algo soñador, envidiaba la facilidad con que un solo misil había volatilizado todo un puente sobre el río. ¡Y con varios camiones encima!, se decía él entusiasmado pensando en lo que hubiera sucedido a su piedra de haber recibido parecido impacto. Lo que había causado tanta indignación a todos los presentes, a él, en su interior, le maravillaba. Ver aquel puente deshacerse como un polvorón tras un simple impacto de un pequeño proyectil le hacía soñar. Del puente sólo habían quedado hierros retorcidos y polvo, ¡mucho polvo! De la piedra, no quedaría absolutamente nada, calculaba él con envidia. ¡Lástima!, se decía él para sus adentros, cuidando de no exteriorizar sus pensamientos. Luego salía del Bar totalmente soñador, casi sin despedirse de nadie. ¡Que se bajen de sus avioncitos y vengan a luchar frente a frente esos niñatos capitalistas, que se van a enterar!, oía que decían a sus espaldas con acento amenazador los más los más ignorantes de sus convecinos. ¡Eso, eso! Que vengan... Pero que antes dejen caer alguna que otra bomba para despejar el terreno como están haciendo en Bosnia…, Eso sí, aquí solamente en los alrededores del pueblo ¿eh?, repetía él en voz baja como si estuviera rezándole al Dios Clínton ese, del que todo el mundo hablaba. Luego caminaba apresuradamente como si con su rápido caminar tuviera la virtud de acelerar también sus deseos. Una vez más, desde el recodo que en su trayecto formaban las últimas casas del pueblo, volvió a mirar en dirección de su terreno. Más que verlo, lo adivinaba. Bajo la tenue luz del anochecer lo que sí veía claramente era la gran masa oscura de la roca que tronaba en medio de él. ¡Imposible que pase desapercibida para un avión!, se decía él, ya que, en ese momento, vista desde lejos, le parecía una protuberancia sospechosa. Entornando los ojos hasta le parecía una casa. Así veré algún día le mía… Quizá algo más grande... ¡Y blanca! ¡En cuanto me libere de ese maldito pedrusco!, se decía exaltado mirando con ojos nuevos la roca, que ahora, viéndola en medio de la monótona y suave ladera le parecía una monstruosa verruga.

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