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La Piedra

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Kovac, además de ser uno de esos individuos que viven un poco al margen de los sucesos y realidades que les rodean, solía obedecer siempre a una idea fija que se le imponía como único sendero a seguir. No obstante, a pesar de vivir un poco de puertas para adentro, cumplía correctamente con su trabajo. Eso sí, en sus tiempos libres, si no iba a echar un vistazo a su parcela, pasaba por el almacén de sus amigo para, al menos, hablar de ella. Claro que cuando le encontraba acompañado, como era el caso con cierta frecuencia, se daba una vuelta por el pueblo hablando con unos y otros para tratar de informarse sobre el estado actual de una guerra que ya se sentía tan cercana. A su manera, se mostraba interesado en saber las intenciones de unos y de otros, ya que, en cierto modo, de todos ellos dependía de que él pudiera lanzarse a construir su tan ansiada casa. Era mayormente por esta razón que él frecuentaba el único bar del pueblo que tenía televisión. Viendo los estragos que causaban las bombas de la OTAN, y valorando las inclinaciones guerreras de sus vecinos mientras saboreaba lentamente su bebida preferida, escuchaba con suma atención lo que decían aquellos que presumían de saberlo todo sobre política internacional. Claro que, unos y otros, una vez vaciadas varias copas del tan popular Slivovitz, aparte de las críticas que pudieran hacer al imperialismo americano, dejaban bien claro que la catástrofe no estaba muy lejos. Kovac rara vez intervenía en esas conversaciones de una sola dirección, y si lo hacía era siempre con relación al tema de su parcela y sobre todo al de su piedra. Resultaba evidente que ya les debía tener un poco hartos con todas estas historias repetidas hasta la saciedad, pues notaba que no se interesaban lo más mínimo en darle ideas, como sí lo habían hecho al principio. Claro que, pudiera ser que ese posible desapego fuera debido a que ahora existían cosas mucho más serias para comentar que la construcción de una casa, o cómo deshacerse de una piedra, se decía él como consolación. Era así como, escuchando atentamente todas las barbaridades que se les podía pasar por la mente a todos aquellos que despotricaban por la alianza atlántica, a la que acusaban de obedecer las directrices de una América colonizadora que él, imperturbable, seguía pensando en su casa y en su piedra.

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