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La Piedra

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Bastante ilusionado con todos estos proyectos, tenía calculado hasta el más pequeño detalle. Ahora, para ponerlo en práctica, sólo tenía que esperar a que se serenase el ambiente político tan caldeado actualmente por viejos instintos nacionalistas. Un problema que él estimaba como algo pasajero y que él, entregado a pensar solamente en sus cosas, estaba seguro de que no le afectaba lo más mínimo. Yo lo que tengo que hacer cuanto antes es deshacerme de la piedra, se decía él priorizando sus problemas sobre aquellos que, quisiera o no, empezaban a surgir a su alrededor. La verdad es que, respecto a aquel pedrusco, ya le habían hecho no pocos comentarios los que se lo habían vendido. Recordaba que últimamente, al entregarle el título de propiedad, habían insistido en recordarle que cuando lograra deshacerse de él, poseería una buena parcela de terreno que, a decir verdad, la había obtenido casi regalada. Naturalmente que ese regalo que ellos mencionaban casi con cierto matiz de arrepentimiento era una manera de hablar, pues sabido es que los promotores de cualquier urbanización, sea grande o pequeña, y esté situada en el país que sea, no son conocidos por su generosidad a la hora de especular con el terreno. Cierto que esta particular parcela, comparándola con el precio de las otras había sido muchísimo más barata, pero, aun así, distaba mucho de ser un regalo, ya que, con aquel enorme pedrusco en el centro, era más que probable que, de no haber sido alguien como Kovac, no hubiera interesado a casi nadie. En un principio, esa parcela no era más que un residuo que había quedado después de hacer la división de todo el terreno. Con aquella piedra en medio, en su día pensaron dejarla allí como decoración. Hacer de aquel pequeño espacio de terreno una especie de placita ajardinada alrededor de la roca. Luego, sin duda calculando el dinero que dejarían de ganar, los promotores cambiaron de idea, y añadiéndole unos cuantos metros de las parcelas lindantes decidieron venderla como una más. Ni que decir tiene que la única persona que se había interesado por ella fue Kovac. No fue difícil llegar a un acuerdo con él en cuanto al precio, ya que bastaron unos pocos tanteos para que el precio solicitado coincidiera exactamente con el total de sus ahorros. Ya sin más impedimentos la transacción fue rápida y en tan sólo unos días él entusiasmado comprador ya tenía el título de propiedad en su poder. Claro que, aunque con esta parcela ya quedaba vendida toda la urbanización, todavía no se veía construcción alguna. Aparte de algún pequeño cobertizo para cobijarse en caso de lluvia o para guardar algunas herramientas, todos ellos hechos a base de viejas maderas, no se veía ni siquiera el comienzo de obra alguna. Teniendo en cuenta el grave conflicto político que parecía agravarse por momentos, nadie estaba de humor para comenzar a construir nada todavía.

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