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La Piedra

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Kovac nunca había poseído una casa suya, para ser exactos, él nunca había poseído nada. Antiguo jornalero del campo, y actualmente ejerciendo por su cuenta de albañil en un pequeño pueblo, aunque lo que ganaba le permitía vivir correctamente, no era suficiente para hacer inversiones inmobiliarias. Sin embargo, el deseo de construirse una vivienda había sido siempre una idea casi obsesiva en él. De momento ya poseía aquel pequeño terreno que, aunque no le había costado mucho dinero, sí había consumido sus pocos ahorros. No hacia mucho tiempo que, habiendo abandonado el campo definitivamente, se había instalado en este pueblo con la intención de encontrar un trabajo fijo en el ayuntamiento. Un empleo que, según le había asegurado su gran amigo Boris, conseguiría obtener en un corto plazo de tiempo. Boris no sólo era su amigo, sino que, además eran paisanos ya que, según decía el propio Boris, habían venido al mundo en la misma calle de un pueblo muy cercano al que habitaban ahora. Como él no tenía ni idea de donde había nacido daba por hecho todo lo que decía su amigo. No solo porque era evidente que Boris, habiendo estudiado, sabía muchas más cosas que él, sino que además últimamente parecía muy metido en unos politiqueos locales que le daban una autoridad difícil de comprender. Claro que él tampoco hacía mucho esfuerzo para comprender esto, y muchas otras cosas. Para él lo más importante era conseguir ese empleo fijo que, según le aseguraba su amigo, acabaría obteniendo gracias a su influencia. Ni que decir tiene que no tardo en ser contratado por el Ayuntamiento como responsable del mantenimiento y hombre para todo. Feliz con los variados quehaceres que le imponía su empleo, en sus horas libres seguía realizando por su cuenta todo tipo de trabajos como había estado haciendo anteriormente. Siempre con la idea de realizar el deseo de construir su casa en la parcela de terreno que acaba de adquirir, no dejaba de trazar los planes a seguir hasta conseguir realizar sus sueños. Alternando sus ocasionales trabajos, con las obligaciones que le imponía ser responsable del mantenimiento del edificio municipal, se empleaba a fondo para despacio, pero sin pausa, ir preparándolo todo para su anhelada aventura. ¡Se sentía feliz! Pensaba que, siendo todas sus obligaciones compatibles con la idea de construirse él mismo su casa, la experiencia que obtendría realizando esos mismos trabajos para otros, le serviría para no cometer ciertos errores más tarde. ¡Lo tenía todo bien calculado! Como sus trabajos le permitían cierta libertad de movimientos, haría todo al mismo tiempo. Incluso podría hacer ocasionales escapadas a su parcela con el fin de aprovechar materiales sobrantes de otros trabajos. En cuanto al uso de las herramientas, no encontraba motivo de reproche si utilizaba las del Ayuntamiento para sus trabajos personales.

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