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El Caballete

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Al oír nítidamente que uno de mis amigos me llamaba con insistencia para, según él me decía a gritos, enseñarme algo que me iba a asombrar, sonreí ligeramente mientras notaba que mi corazón se ponía a cabalgar alocadamente pues ya sabía de lo que se trataba. Preparándome ya para mostrar el mejor y más convincente gesto de asombro del que yo era capaz ante lo que pensaba iban a desvelarme, muy decidido, di unos pasos ya en el interior del estudio en dirección del grupo que formaban mis amigos hasta casi darme de cruces con Paul que, quizá pensando que yo no había oído sus llamadas, venía a mi encuentro muy alterado sujetando con una mano un viejo bote de café instantáneo, y, en la otra, un montón de billetes de banco. — ¡Mira, mira! ¿Qué te parece esto? — me espetó a bocajarro nada más rehacerse de nuestro ligero encontronazo.

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— ¡Por lo menos hay siete mil dólares! — me gritaba agitando al mismo sus brazos como si se dispusiera a bailar una jota. Se hallaba a tan sólo dos pasos de mí, y yo, sin embargo, tenía la sensación de que le estaba oyendo desde muy lejos, tal era mi sorpresa por constatar que lo que me anunciaba con tanta algarabía estaba lejos de corresponder con lo que yo había pensado en un principio. Claro que, lo que me dejó totalmente alelado fue descubrir una tela sin pintar instalada en el viejo caballete que Felicién había venido usando desde siempre, al menos desde que yo le conocí. — ¡No! ¿Cómo es posible? — no pude evitar exclamar en voz alta. Una exclamación que casi se podía interpretar como un grito de sorpresa, Claro que, no era para menos, ya que, en esos momentos, lo que menos podía esperar es ver el viejo y vulgar caballete de Felicién ocupar el puesto de aquel otro tan majestuoso que yo había visto en mis dos anteriores visitas. — ¡No puede ser! — volví a exclamar otra vez, ahora con tanta energía que consiguió sorprender a todos mis amigos, sobre todo porque, excepto Paul, todos ellos, me creían poco menos que medio desmayado a la entrada del estudio en donde me habían dejado . ¡No es posible! — volví a decir ahora para mis adentros después de haber visto que los cuadros de Renoir que yo ya conocía, ahora sólo eran telas vacías con algunos brochazos incoherentes. — Bueno… tampoco es para asombrarse tanto. Sólo son seis o siete mil dólares… No es ninguna fortuna — me contestó mi amigo lanzándome una mirada de extrañeza claramente sorprendido por mi exagerada reacción. Todos los demás, que desde hacía ya unos minutos no me quitaban sus ojos de encima, me lanzaron una mirada difícil de interpretar en la que yo, no obstante, creí encontrar cierta conmiseración como si todos estuvieran de acuerdo en que yo necesitaba reposo urgentemente. Unos instantes después, como yo ya no volví a decir ni esta boca es mía, todos volvieron a sus respectivas actividades refunfuñando algunas palabras ininteligibles. — Cierto que esta es una buena cantidad de dinero, pero, de ningún modo es una cantidad como para tirar cohetes decía claramente Paul dirigiéndome una mirada con tintes de reproche. — Bueno ¡Que! ¿Nos vamos? — se oyó que decía uno desde el rincón cocina que acababa de inspeccionar cortando definitivamente el tema del dinero hallado. — Creo que aquí ya no hay nada que ver… ¡No hay nada que valga la pena! Está claro que, el amigo Felicién, siguiendo sus costumbres, no deja ninguna fortuna a sus posibles herederos — soltó Eric con su habitual impertinente ironía. — Suponiendo que haya algún heredero, que la cosa no está muy clara — remachó el que nos había traído en su coche dirigiéndose a Paul instándole a que contara bien el dinero que seguía sujetando en sus manos. — Cuéntalo bien que, herederos o no, ese dinero nos va a venir muy bien para pagar la gasolina y demás gastos de transportes, y si sobra, para sufragar lo que nos cueste la incineración… Recordad que Felicién siempre nos dijo que quería ser incinerado… Estáis de acuerdo, ¿no? — terminó diciendo con aires de estar convencido de que todos opinaríamos como él. Yo pensé que, tras decir todo esto de la incineración, como todos ellos eran pintores, comentarían aquel deseo tan estrafalario que solía repetir Felicién cuando bebía algunas copas de más respecto a que pintaran su retrato con las cenizas. Como nadie dijo nada, y a mí como este tema no me concernía por no ser pintor, ni lo mencioné. Todavía no me había repuesto yo de todas mis sorpresas, que alguien decidió que ya podíamos abandonar el lugar. Sin que nadie dijese más nada, todos nos precipitamos hacia la salida, yo el primero, dejando que otros cerraran la puerta. Ya en el portal, y unos momentos antes de salir a la calle para volver al hospital con todos los documentos solicitados, no sé por qué, yo me detuve bruscamente obligando a los demás a que también lo hicieran, — ¡Se me olvidaba! — dije al recibir las llaves que me tendía el que había cerrado la puerta — Felicién también me hablo de una cueva que pertenecía al estudio… Ya que estamos aquí deberíamos de echarle un vistazo, ¿no? Al menos para ver lo que hay y así quedarnos tranquilos — les dije cuidando de que no se notase en mis palabras emoción alguna ni ningún interés en particular.

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— ¿La cueva? ¡Qué esperas encontrar en la cueva! — dijo enseguida el que siempre se había mostrado más reacio a formar parte del grupo — Si no hemos encontrado nada interesante en el estudio, ¿qué esperas encontrara hora en una cueva? — recalcó intransigente y, por la manera de pronunciar las palabras, estaba claro que él pretendía hablar en nombre de todos. — No, nada — contesté yo no dando ninguna importancia al asunto — solamente que, como ya he dicho antes: ya que estamos aquí… qué nos cuesta echar un vistazo. — Bueno…, como quieras, pero conmigo no cuentes. Si alguno de estos te quiere acompañar, allá vosotros. — Es cuestión de unos minutos más… Creo que se lo debemos a nuestro amigo Felicién — volví a insistir yo Al final, tras algunos comentarios de unos y de otros, acordamos que al menos dos de nosotros deberíamos ponernos de acuerdo para visitar la dichosa cueva. Ahora la dificultad estaba en encontrar a quien quisiera acompañarme pues nadie parecía estar muy entusiasmado en ser ese voluntario hasta que, el que todos llamábamos “cara de violín”, dijo que a él no le importaba hacerlo. — Por invertir unos cuantos minutos más examinando esa cueva, no creo que merezca la pena pelearse, ¿vale? — refunfuñó Ya puestos de acuerdo, quedamos en que los demás, en vez de esperarnos allí, podían ir andando hasta el coche y esperarnos allí para ir todos juntos al hospital.
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— Yo creo que es mejor que comamos algo antes de llegar al hospital, la noche es larga y ya sabéis lo que ofrecen las maquinas… — sugirió el que siempre parecía tener prisa, proponiendo que, en vez de esperarnos en el coche podían hacerlo en el bar restaurante que estaba a tan sólo unos cuantos metros de donde lo habíamos dejado aparcado. Tras el unánime acuerdo para hacerlo así, y mientras unos salían disparados hacia la calle, el cara violín y yo nos encaminamos hacia el interior del edificio en donde, al contrario de lo que yo había barruntado, nos fue relativamente fácil encontrar la puerta que conducía a los sótanos. Fue a partir del instante en que yo empecé a bajar por aquellos irregulares escalones de piedra grisácea que conducían a los distintos trasteros, que empecé a notar que mi corazón se despendolaba recordando la especial emoción que mostraba Felicién al relatarme la experiencia que había tenido con el caballete. Como ninguno de los dos conocíamos el camino para encontrar la puerta que buscábamos, recorrimos varias veces aquellos lóbregos pasillos comprobando si la llave que yo llevaba en la mano coincidía con alguna de aquellas cerraduras. Una tediosa labor que nos hizo desandar el camio varias veces hasta que — desoyendo a mi compañero que totalmente frustrado ya quería largarse de allí — sin mucha convicción, decidí introducir la pesada llave en la cerradura de una viejísima puerta que, por su aspecto insignificante, habíamos pasado ya frente a ella sin considerarla. Tal era su estado de abandono que no dejaba lugar a dudas de que hacía mucho tiempo que no se había abierto. No sabía decir por qué, pero en ese momento, los latidos de mi corazón que sentía hasta en la punta de mis dedos, me aseguraban que aquella era la puerta que buscábamos. Acompañada de un fuerte chirrido de oxidados goznes la puerta cedió fácilmente a mi ligero empujón y se abrió de inmediato mostrándonos un interior de densas tinieblas. Fue gracias a mi amigo que, forzándola un poco, consiguió que un pequeño haz de luz proveniente de la bombilla que colgaba en el pasillo, que pude empezar a distinguir entre aquellas negruras. Con inexplicable ansiedad y lleno de aprensión di un paso en el interior para poder mirar por todos lados sin saber siquiera lo que buscaban mis ojos. En un rincón le vi, fue lo primero que destacó mi mirada. Mis ojos atónitos, parpadearon de incredulidad. Sobresaliendo por encima de unas cajas que, ennegrecidas por el tiempo parecían servirle de protección, pude reconocer el inmenso caballete que estaba seguro de haber visto ya. Ahora, por su lastimoso aspecto, daba la impresión de llevar allí muchos años, tantos como la multitud de trastos que otrora fueron muebles y que, ahora la gruesa capa de polvo que los cubría los rendía irreconocibles. Lo primero que pensé es que, atrapados por el tiempo, todo aquello existía sin existir verdaderamente. No sé por qué, algo me empujó a preguntarme si esto también puede suceder a las personas. ¿Verdaderamente existimos, o simplemente estamos atrapados en bucle del tiempo? ¿Quién era yo aparte de ser ese anodino agente comercial que, sin saber por qué, tenía unos cuantos amigos artistas tan anodinos como yo? No podría asegurarlo, pero creo que sin poder evitarlo di unos pasos en dirección del caballete, cuando la voz de mi amigo me sacó brutalmente de mi hechizo.
— ¡Bueno! ¡Qué! ¿Has encontrado algo? ¡Qué miras! — oí que me decía desde el quicio de la puerta, con ese acento tan desagradable que suele imprimir la impaciencia.
— No…Nada — le contesté volviendo rápidamente a donde estaba él — ¡Aquí no hay nada!...
—Vámonos que nos están esperando
— le apremié mientras apresuradamente cerraba la puerta con llave.
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