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El Caballete

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El hospital a donde habían llevado a mi amigo quedaba en las afueras de París, justo al otro lado de una de esas famosas puertas que dividen el Paris centro con el de extrarradio. Cuando después de atravesar en Metro toda la ciudad, haciendo dos transbordos, por fin conseguí salir a la superficie me encontré frente aquel monstruoso hospital. Con la sugestiva apariencia de ser una fábrica de algo, o de un cuartel militar en plena actividad, los oscuros ladrillos con los que estaba construido — que el día de escasa luz bañaba de negruras — consiguieron que mis ojos vieran aquella monstruosa construcción con el aire siniestro que tienen algunos hospitales de Paris. Quizá construido para otros menesteres en aquel París del pasado que tanto se sigue admirando desde entonces, aunque de muy buena construcción, no ofrecía a la vista uno de los aspectos más alegres de la vida. Sobre todo, en aquel momento, en el que la fina llovizna que caía convertida en heladas agujas, hacía que, a mis ojos, adquiriese un aspecto un tanto desolador. No cabe duda de que la tristeza que ya traía yo instalada en mi ánimo, influía en esta visión. Sin prestar atención a la persistente lluvia que caía sobre mí y que hacía que los coches que circulaban por todas partes brillasen como si acabaran de ser barnizados, crucé la calle cuidando hacerlo bajo la luz verde del semáforo. Unos segundos más tarde, con el alma en vilo, y por más de una razón, ya estaba atravesando titubeante de inseguridad la imponente entrada de aquel enorme edificio. Bastante aturdido, y después de leer con cierto despiste la profusión de letreros que informaban de manera escueta el camino a seguir dependiendo de las necesidades del visitante, es este caso, las mías, reflexionaba sobre el efecto que aquella entrada podía causar en los enfermos. Rápidamente dejé de pensar en estas cosas que en nada podían ayudarme, para poder concentrarme y seguir las indicaciones que señalaban el camino hacia el departamento de geriatría. El interior de esta sección, aun presentando evidentes tentativas de haberlo querido adaptar a una moderna funcionalidad, además de no presentar un aspecto más alegre que el del exterior, carecía de la belleza que sin duda tenían las viejas piedras talladas de un edificio probablemente de la época de Haussmann. Felicién, aunque sin reflejar en sus ojos la alegría que sin duda sentía al verme — los que le conocíamos tras esa aparente frialdad solía esconder sus emociones — me miró de forma muy especial. Postrado inmóvil en la cama y prácticamente atado a ella con toda clase de cables, tubos, y toda esa parafernalia hospitalaria que tanto impresiona al visitante, insistió en mirarme fijamente, aunque ahora creí notar en sus ojos cierta sonrisa de bienvenida.

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Si cuando le visité en su estudio hubo momentos que me había parecido que había envejecido demasiado en los últimos tres meses, ahora al verle allí en esas condiciones me dio la impresión de que estaba viendo un verdadero anciano. Su rostro que debido a las circunstancias parecía no distinguirse del blanco de la almohada, se difuminaba detrás de los impresionantes bigotes que siempre formaron parte de su personalidad, — Que bien, que has podido venir — logró decirme entrecortadamente cuando yo, sorteando algunos obstáculos propios de un hospital, pude acercarme hasta el borde de su cama. — Mira Antoine — me dijo enseguida sin siquiera permitirme decir algo — aunque me veas en estas condiciones no te preocupes que no me pasa nada grave ¿sabes? Luego te contaré — volvió a prometerme como cuando habíamos hablado por teléfono — ahora lo verdaderamente importante es que tú te pases por mi estudio y me traigas todas estas cosas que tienes anotadas en este papel — me dijo con una voz en la que se apreciaba una gran fatiga haciéndome señas con los ojos en dirección de la mesita que se encontraba cerca de la cabecera de la cama en donde se encontraba un folio doblado varias veces. Su mirada, que la notaba fija en mí, pareció transmitir cierta tranquilidad al ver que yo me guardaba el papelito sin haber leído lo que había escrito en él. La verdad es que no era necesario que yo corroborase en lo escrito lo que ya él me había explicado de palabra. Más o menos, se trataba de ropa y cosas personales que al parecer no le habían dado tiempo para traerlas con él al hospital. — Me trajeron anoche tan precipitadamente los del servicio de urgencias que no tuve tiempo para nada, ni siquiera para vestirme adecuadamente. Ya sabes lo exagerados que son esta gente a la hora de cumplir con su trabajo… El caso es que ahora aquí me encuentro sin nada ¡Ni siquiera dispongo de mi documentación! — me explicó con una voz que, según iba avanzando en sus explicaciones, daba la impresión de irse apagando. — Coge mis llaves que están en el chaquetón que se encuentra en ese armario y hazme este favor… ¡Ah! Quiero que vayas tú solo… Y no te olvides de cerrar bien la puerta después — aún me dijo haciendo un esfuerzo a modo de despedida, pero haciéndome al mismo tiempo elocuentes gestos para que me acercara a él como si quisiera hacerme comprender que necesitaba decirme algo muy importante. Fue susurrándome en uno de mis oídos, como si la habitación estuviese llena de gente con el sólo propósito de escuchar sus palabras, que me dijo, con voz apenas audible, que tapara su caballete con la tela con la que lo tenía cubierto cuando fui a visitarle. — Ten en cuenta nuestro secreto ¿Recuerdas? Qué se quede entre nosotros… No sé el tiempo que yo voy a estar aquí — musitó, como si con estas últimas frases me estuviera haciendo partícipe de un importante mensaje que yo, por mucho esfuerzo que hice, no conseguí entender. Ya en la puerta de su habitación, cuando antes de cerrarla al salir me giré para enviarle el saludo de despedida, noté que sus ojos, muy fijos en mi dirección, hacían un ligero parpadeo a la vez que esbozaba una tenue sonrisa. — Hasta luego Toni… Amigo mío — comprendí que me dijo, ya que su apagada voz, desde donde yo me hallaba, resultaba completamente inaudible. Segundos después, mientras me abría el camino buscando salir de allí cuanto antes, iba pensando en lo tremendamente flojo y disminuido que había encontrado a quien siempre se había mostrado casi al límite de la prepotencia. — ¡Pobre! — me dije — hasta me ha llamado Toni para dar la impresión de que nada ha cambiado y que, aunque postrado en la cama de un hospital, él sigue siendo el mismo que ha sido siempre. La verdad es que no me llamaba Toni desde al principio de conocernos. Pudiera ser que desde el día que yo intervine para impedir que saliese a tortas con aquel cura tan antipático — me dije recordando aquellos tiempos lejanos mientras buscaba la salida— ya que, después de ese día, creo que siempre me ha llamado utilizado mi nombre completo.
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Así, recordando tiempos pasados, casi sin percatarme ya me vi saliendo del hospital. Ya en la calle, sentí que, si cuando había entrado allí lo había hecho con el corazón encogido, ahora al salir tenía la sensación de que se había dilatado, pues tan notorios eran sus latidos. La verdad es que, no sólo me parecía tener despendolado el corazón, sino que todo mi ser parecía estar en total desconcierto. Eran tantas y tan fuertes mis emociones… Eran tantos los pensamientos que en completo desorden se cruzaban en mi cabeza, que me sentía incapaz de centrarme en ninguno de ellos. En las condiciones que me encontraba, el viaje de regreso a Montmartre se me hizo largo y penoso. Por más que hacía para calmar mis emociones y deshacerme de la tristeza que me había ocasionado la visita a Felicién que, aunque corta en el tiempo no por ello no había sido extensa en sentimientos, me sentía totalmente desconcertado. Tal vez fueran los efectos de esta aflicción los que hicieron que me sintiera solo en medio de toda la multitud que, a esas horas, abarrotaba el metro. Notaba el frote constante de mi cuerpo con toda esa gente que yo no conocía y que, sin embargo, formaban parte de mi existencia. En ese momento de gran soledad, y perdido en medio de tantas sensaciones, encontraba todo tan absurdo que no pude evitar que mi espíritu se deslizara a un vacío emocional desconocido que me obligaba a reflexionar sobre la existencia como nunca lo hiciera antes. ¿No es más que un sueño todo? ¡Qué es la realidad! — me preguntaba yo mirando los rostros que me rodeaban que, en ese momento, también parecían estar reflexionando. ¿Acaso pensáis lo mismo que yo? — me hubiera gustado preguntarles, aunque, lo que verdaderamente quería saber, es lo que opinaban ellos sobre su propia existencia. Seguro que, de haberles interrogado sobre este tema, se hubieran reído de mí, o me hubiesen tomado por un desquiciado más, de los muchos que circulan alrededor nuestro en cualquier parte del mundo. Claro que también hubiera habido algunos que les hubiese apetecido lincharme, no sólo por intentar hacerles reflexionar, sino por romperles sus cómodos e industrializados sueños existenciales. Esa especie de bálsamo que, como aquel célebre ungüento amarillo, siempre a contado la humanidad para paliar —que no resolver— dudas e indecisiones que solamente la muerte es capaz de zanjar. Mientras subía las empinadas escaleras que conducían a la calle en la que estaba situado el nuevo domicilio de Felicién, el inconfundible malestar que produce el no haber ingerido ningún alimento durante muchas horas, tuvo la virtud de relegar para otra ocasión mis ejercicios intelectuales. Quizá de no tener tanta hambre podría seguir filosofando hasta encontrar esa respuesta tan buscada — me dije para mis adentros todo lo sarcástico que atinaba a ser en ese momento. Fuera de bromas, la verdad es que tengo hambre, volvió a repetir — ahora en voz alta — consultando al mismo tiempo el reloj pensando que los recados que se había comprometido a realizar para su amigo podían esperar un poco. De todas formas, lo que me ha pedido que le lleve al hospital, no creo que lo necesite tan de inmediato — me dije tratando de justificarme a mi mismo el posponer unos minutos la tarea encomendada por mi amigo. Ya decidido a comer algo antes de subir al estudio de mi amigo, entré apresuradamente en uno de los pocos restaurantes que todavía quedan en Montmartre que no están dedicados, casi exclusivamente, a los turistas de una sola visita.
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Cuando casi una hora después volví a salir a la calle con el estómago lleno, ya lo veía todo distinto. Saboreando todavía el regustillo del café que acababa de tomar para coronar las nutritivas lentejas con carne — el sabroso “Petit salé”— que todavía quedaba del menú del mediodía, hasta me pareció que la nublosa tarde tan prometedora de lluvia, se había vuelto mucho más luminosa. Así, ya sin más dilaciones, me encaminé dispuesto a cumplir la misión encomendada por el bueno de Felicién. Ahora al volver a pensar en él, sobre todo al rememorar el encargo que me había hecho, no pude evitar hacer un gesto de fastidio, ya que sentía cierto reparo de tener que entrar yo sólo a su estudio. Para ser sincero conmigo mismo, tuve que reconocer que, aun sin poder explicarme exactamente la causa de ese reparo, tras haber oído aquella extravagante historia sobre las pinturas de Renoir, no me resultaba agradable entrar en aquel lugar. Fue pensando en todas estas cosas que, sin darme cuenta, la alegre euforia con la que había salido del restaurante se fue convirtiendo en triste pesimismo. No es que yo fuera supersticioso, o creyese en fantasías sobrenaturales, desde luego que no, pero, aún así, y para ser totalmente honesto conmigo mismo, tenía que admitir que hubiera preferido estar acompañado de cualquier otro amigo para entrar en la intimidad de otra persona abriendo puertas y cajones para recoger su ropa. Además, estaba casi seguro de que, cuando se enterasen de que yo había actuado así sin contar con ellos, me lo iban a reprochar. Sobre todo, Paul — le conocía bien — sabía no iba a perder esta ocasión para poder mostrar su verdadero “arte” para la crítica. Claro que, yo estaba convencido de que no me correspondía a mí advertir a nadie sin el permiso de Felicién. ¡Él era quien debía hacerlo! Lo mismo que me ha avisado a mí, de haber querido, también podía haber avisado a otros — me iba diciendo yo sintiéndome cargado de razón. De todas maneras, le criticaran, o no, él estaba seguro de que su comportamiento era el más adecuado pues se limitaba a cumplir con lo que le había pedido un amigo. ¡Además, lo hecho, hecho está! — concluí decidido a seguir adelante entrando ya al edificio en donde estaba enclavado el estudio de mí amigo. Tal y como me había sucedido días antes al pisar aquel vasto vestíbulo, ahora también me dio la impresión de que entraba en una especie de templo abandonado. El desagradable olor que volví a sentir parecía haber estado esperándome desde entonces para ahora acompañarme decididamente hasta la escalera. En su conjunto, aquel lugar que tan hostil me había parecido entonces, ahora parecía haberse convertido en mi cómplice. En todo caso, así me lo iba pareciendo a mí, ya que, tal como andaba yo de ánimos en esos momentos, apreciaba que esta vez la puerta me hubiera dejado entrar al vestíbulo sin ningún esfuerzo, y que los olores me hubiesen guiado sin titubeos a la escalera que tan difícil me había resultado encontrar la primera vez. Ni que decir tiene que todas estas, notorias facilidades, me hicieron pensar que tal vez los objetos inanimados también, nos comuniquen cosas a través de su energía, y que solamente cuando sepamos interpretar esa otra dimensión podremos poner luz en todas esas oscuridades que envuelven nuestra existencia. De repente, me pareció que mi estado emocional había conseguido franquear algunos limites un tanto delicados que, a poco que se razone, se ve que es mejor no traspasar, yo que me hallaba en ese estado emocional que precede la inconsciencia, no sé ni como hice, pero de sopetón me encontré delante de la puerta del estudio de Felicién. Cuando por fin conseguí abrirla, venciendo antes todas las dificultades que con tanta terquedad ponen las cerraduras cuando no quieren abrirse, tuve la sensación de haber abierto, no solo el estudio de mi amigo, sino, también un espacio nuevo totalmente desconocido para mí. El denso y pastoso silencio que me esperaba detrás de la puerta me resulto impresionante. No había terminado aún de acostumbrarme a él que, con toda brusquedad irrumpió en aquel ambiente el apestoso olor a tabaco de la pipa de Felicién como si fuera una avanzadilla de otros muchos olores que me hicieron comprender que efectivamente me hallaba en el estudio de mi amigo. Una certeza que quedo debidamente corroborada cuando ya, al cerrar la puerta a mis espaldas, y habiendo atravesado el exiguo recibidor, me abofetearon todos aquellos efluvios más el característico que deja la presencia humana. Precisamente este último se hizo tan fuerte que no pude evitar quedarme parado como si esterase que alguien me diera la bienvenida. No pude evitar sentir un cierto escalofrío serpenteando mi espalda cuando un crujir de alguna madera — probablemente de suelo pensé unos instantes después — rompió el espeso silencio que me rodeaba. Posiblemente también los objetos me saludan a su manera, volví a decirme en tono bromista y dicharachero con el propósito de romper la tensa situación en la que, tan a lo tonto, me había metido yo solito, Sin saber por qué, miraba a mi alrededor examinando superficialmente todos aquellos objetos que mi amigo tenía situados en el más completo desorden hasta que mis ojos se quedaron fijos en el caballete. Allí estaba, majestuoso y tan imperturbable que me hizo pensar en una de esas enigmáticas esculturas de la Isla de Pascua. Un auténtico “Moai” que, como ellos, con su silencio parecía guardar el mayor de los secretos.
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