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El Caballete

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Tras todas estas explicaciones que había hecho Felicién, que parecían estar hechas, sobre todo, para elogiar él caballete, girando la cabeza, sin duda para admirar de frente el objeto que, según él, era tan digno de alabanzas, se quedó callado, como si su silencio fuera la mejor muestra de admiración hacia lo que tanto pareció impresionarle desde que la casualidad hizo que lo encontrase en una anodina cueva. — A juzgar por el especial barniz que aporta el tiempo, calculé que debía hacer muchos años que alguien, quien fuera, lo había dejado allí — comenzó a relatarme de nuevo algo emocionado y sin girar su cabeza hacia mí. — Comprenderás que no tardé mucho tiempo en percatarme que este caballete era muchísimo mejor que el que yo siempre he utilizado, así que, recordando el generoso ofrecimiento que me había hecho el propietario, bajé el mío a la cueva y subí este aquí. Aunque te resulte difícil de creerlo, no tuve que esmerarme mucho en limpiarle porque nada más pasarle un trapo por encima enseguida consiguió el aspecto de nuevo que tiene ahora. — Te digo, por increíble que pueda parecer, que la madera está intacta a pesar de su antigüedad y evidente abandono. Ya, cuando lo limpiaba, me parecía mentira que hubiera sobrevivido en el estado que está habiendo permanecido en un lugar tan lóbrego, no el más adecuado precisamente para conservar la madera. Oyendo lo que decía mi amigo, no tuve más remedio que examinar tan adulado caballete que, a decir verdad, yo no le encontraba tan maravilloso como él lo describía. Para mí, sin ser un gran conocedor sobre este tema, pensaba que, aunque fuera más grande y aparatoso, seguía pareciéndome un caballete como los que ya había tenido la oportunidad de ver en otros estudios. — ¡Si te digo que estuve durante un tiempo sin atreverme a utilizarle para pintar! Eso sí, a menudo sentía deseos de acariciar su madera o dar alguna que otra vuelta a la manivela para sentir la precisión de su antiguo mecanismo… Ya bien engrasado, me encantaba subir y bajar el soporte en donde se instalan los cuadros oyendo el leve rumor de su engranaje — oía que seguía diciendo Felicién como si no le importase lo más mínimo lo que yo pudiera opinar sobre sus — para mí — ridículas alabanzas a aquel trasto. — Así, y entretenido en ir colocando todas mis cosas en mi nueva residencia, fueron pasando los días sin darme cuenta. Ya sabes lo que sucede en estos casos… Al ir acomodándose uno a un nuevo lugar no queda tiempo para hacer mucho más. No obstante, yo, a veces, ya empezaba a ir dibujando un poco pensando en futuros cuadros, sobre todo, me puse a preparar un montón de telas como un loco. ¡Qué quieres! ¡Me dio por ahí!... Pero, no sé por qué, todavía estaba reacio a coger los pinceles… Claro que, aunque no pintaba, tengo que confesarte que no me sentía mal… Los días pasaban… casi sin sentirlos, y yo, aunque no daba un solo brochazo he de confesar que me sentía feliz. Notaba en mí un no sé qué, una sensación de plenitud, que me retenía aquí casi sin salir, y aunque contestaba al teléfono y hablaba con la gente nunca quise acudir a ninguna invitación. ¡Con decirte que hasta rechazaba la ayuda que los amigos me iban ofreciendo para instalarme aquí! Como te puedes figurar, tampoco he invitado a nadie a que venga a visitarme. — Tú eres el primero que recibo — continuó diciendo tras tomarse un respiro durante el que pareció reflexionar — Quizá porque no eres un artista… Necesito una opinión que me ayude a comprender algo… ¡Ya sabes, entre nosotros los artistas, acostumbrados a nuestras rarezas, ciertas opiniones no se pueden considerar! De todas maneras, al notar mi actitud y mi tendencia a la soledad, casi todos esos amigos me han ido dejando de lado por imposible. — termino diciendo con aires de pasota sin que se reflejase en sus palabras el más mínimo reproche hacia nadie, incluso casi se diría que había en ellas ciertos toques de buen humor. — No pienses que me siento solo, ¿eh? ¡En absoluto me falta la compañía! Ya sé que parece una incongruencia, pero no lo es, ¡puedes creerme! De un tiempo a esta parte siento como si algo me acompañase en mi interior. De todas formas, tú ya sabes aquello de: “la verdadera soledad es cuando uno se siente solo estando rodeado de gente” Por extraño que pueda parecerte, entre estas cuatro paredes siento que existo como nunca he existido antes. Cómo decirte… Es algo así como, si solamente estando aquí pudiera sentir toda mi energía existencial y tuviera miedo de que saliendo de aquí perdiera esa sensación de plenitud. — Claro que, de todas maneras, comprendo que esto no es vida, continuó diciendo tras un pequeño silencio que yo me cuidé mucho de no romper ya que era evidente que, si se había callado, era para reflexionar. — Por eso mi necesidad de que vinieras tú. Necesito que alguien de confianza, sobre todo, tan sensato y prudente como ya me has demostrado que eres tú, me diga lo que piensa de todo esto. ¡Me urge saber qué es lo que tengo que hacer! — acabó diciendo casi en forma suplica ahora ya mirándome fijamente a los ojos. Al notar que yo me preparaba para hacer algún comentario, levanto enérgicamente una mano como indicándome — al menos así lo interpreté yo — que no dijera nada aún y que me limitase a seguir escuchándole. — Enseguida vas a comprender perfectamente la situación tan excepcional en la que me encuentro en la actualidad — me dijo haciendo una pausa para atender a su pipa antes de continuar desvelando lo que parecía ser el meollo de sus problemas. — Hace poco menos de un mes, un día, notando en mí unos irresistibles deseos de pintar, puse, por primera vez en este caballete una tela, dispuesto a realizar un cuadro que, a decir verdad, era la primera vez que no lo tenía ya imaginado en mi cabeza. Sin saber por qué, mientras preparaba la paleta y ponía los colores en ella empecé a sentirme muy nervioso, excitado como nunca, diría yo, sobre todo, porque los colores que había puesto no solo no guardaban el orden acostumbrado, sino que no correspondían a la gama que yo vengo utilizando desde casi siempre. Sin poder explicarme el porqué de todas estas anomalías opté por achacarlas al tiempo que había transcurrido desde que yo había pintado la última vez. No sé si recordarás, lo que tantas veces hemos comentado delante de ti respecto a las rarezas que tenemos los artistas — al menos algunos pintores, puntualizó con cierto sarcasmo— pero el caso es que, después de un largo periodo sin pintar, muy a menudo pasamos por estos excitantes momentos, mezcla de acuciantes deseos de crear y dudas de no lograr hacerlo de manera satisfactoria. Bueno, el caso es que yo, ese día, ya sin poder frenar ni un segundo más mis deseos de pintar, me lancé a ello, y como ya te dicho antes, sin tener nada claro el motivo de lo que iba a realizar. Sin embargo, aunque no podría decirte como pasó — ¡Ya me gustaría a mí poderlo saber! — me encontré que había pintado ese cuadro que ves ahí — me dijo señalándome con la cabeza uno de los que yo anteriormente había creído que eran meras láminas. — Desde ese día sólo pinto así…Todos mis cuadros son auténticos Renoir. ¡Míralos de cerca y verás que no te miento! — me decía ahora con voz de resignación, pero, a la vez, con cierto aire de orgullo.

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— He pintado otros desde ese día… Tengo la cueva llena de ellos…En realidad, no puedo parar de pintar… Lo peor es que, como ya he agotado todos los lienzos que tenía, ahora ya pinto unos sobre otros. ¡Es espantoso! — balbucía ahora con una voz desconocida en él mientras me miraba casi con desespero. — ¿Qué hacer? — me preguntaba suplicante — ¿Qué puedo hacer? — parecía preguntarse a sí mismo, aunque, con su mirada fija en mis ojos, siguiera dando la impresión de que todas sus preguntas iban dirigidas a mí. Yo, que hacía ya unos momentos me había levantado de mi asiento para examinar de cerca aquel cuadro que él me aseguraba haberlo pintado recientemente, al escuchar las reiteradas suplicas de mi amigo, me hizo volver sobre mis pasos, abandonando la idea de examinarlo de cerca. Claro que, al ver que éste, tras soltar tan patéticas palabras, y sin esperar una posible respuesta se dirigía en dirección de la cocina, sin duda a buscar otra botella de vino, yo me acerqué de nuevo al cuadro para comprobar, con no poca sorpresa que, efectivamente, la pintura se notaba reciente. ¡Es verdad, es un auténtico óleo!, me dije para mis adentros, y aunque sin ser pintor, y mucho menos un experto en este tipo de pintura — que, según mis pocos conocimientos, yo interpretaba como pintura impresionista — me era fácil reconocer el estilo de alguien tan conocido como Renoir. — ¡Es increíble! — exclamé, pero ahora lo hice con una voz lo suficientemente alta para que me oyese mi amigo que, con el rabillo del ojo veía que volvía a mi lado con una botella y dos nuevos vasos. —Ya te lo dije — contestó él ocupado en descorchar la botella después de haber dejado los vasos en una esquina de la mesita al lado de la paleta. Desde luego que es increíble… ¡Es de locura! — pensé yo sin saber que podía decirle a mi amigo que, en ese momento parecía concentrado en llenar los vasos de aquel vino que, además de marear, convertía la lengua en papel de lija. No podía negar que aquella historia que acababa de contarme era realmente fantástica — ¡De auténtico delirio! — continuaba diciendo me yo notando en mi cabeza ese estado algodonoso que precede cierto mareo. Resultaba todo tan sorprendente que no podía evitar cierto recelo. ¡No podía creerme todo lo que me contaba Felicién! Enseguida pensé que quizá por el hecho de estar tanto tiempo solo desvariaba y le había dado por admitir como realidades lo que no eran otra cosa que auténticas brujerías. ¡Pobre! — me dije a mí mismo con verdadera lástima viéndole ahora beber su vino y fumar su pipa como si tal cosa — sin embargo, a pesar de que ya casi daba por valedero el deficiente estado de mi amigo, sentía que algo no cuadraba en mis deducciones, puesto que, aunque no me creyese esa historia de auténtico chiflado que él me quería endosar, no podía dudar de lo que veían mis ojos. ¡No puedo dudar de que estos cuadros son auténticos! — me increpaba yo casi dudando de si todo aquello no era más que un sueño, o lo que era peor, si no me estaba volviendo yo tonto de remate. Estaba claro que, a pesar de tener delante de mí la prueba que confirmaba aquella historia de locos, mi razón se negaba a aceptar que, como por arte de magia pudiera suceder una cosa así. Nadando entre cientos de dudas, yo trataba de razonar a toda velocidad analizando, con toda la meticulosidad que me permitía el vino injerido, todo lo que acababa de oír y de ver. En primer lugar, pensaba que, aun admitiendo que aquellos cuadros que tenía a la vista estuvieran realmente recién pintados, no por ello debía de aceptar lo que mi amigo pretendía hacerme creer sobre su autenticidad, ya que podían ser buenas copias de la obra de Renoir. Pero, claro, ¿qué sabía yo de estas cosas? — reconocí al instante — Yo no era, ni mucho menos, el más indicado para opinar sobre este tipo de asuntos. Desde luego que, no soy yo quien puede decir si estas obras son de Renoir, y aun menos, si son inéditas. Lo que sí puedo decir es que, de ser copias, ¿Quién las ha hecho? Yo no puedo pensar que haya sido Felicién quien ha podido realizar algo que tan lejos está de su trayectoria artística, y ¡no digamos ya de su manera de pintar! — acabé diciéndome yo totalmente convencido de que, se mirase como se mirase, todo aquello no eran más que disparates. Aunque al principio también había pensado en la posibilidad de que todo aquello no fuera más que una grotesca comedia finamente preconcebida entre todos los amigos para festejar mi regreso y reírse después a mi costa, más tarde tras dejarme arrastrar un tanto voluntariamente por la extrema gravedad que Felicién, en todo momento había sabido impregnar a sus palabras a lo largo de todo nuestro encuentro, fui descartando la idea de que, aquellas extraordinarias historias que me había contado y los desvaríos tan sospechosos que parecía querer compartir conmigo, no fuera más que una farsa urdida en mi honor como bienvenida. Además, me resultaba imposible de creer que Felicién se hubiera prestado a tal cosa, le conocía bien. Por otra parte, admitiendo que hubiera aceptado representar ante mi ese papel tan patético, hubiese necesitado ser un verdadero genio de la interpretación para comportarse de una forma tan conmovedora como él lo había hecho. — La verdad Felicién, con toda honestidad, no sé qué decirte ¡Es todo tan increíble! No me extraña que estes tan sumamente confuso… yo en tu lugar también lo estaría. ¿Tú sabes?... Después de haberte escuchado, yo mismo me siento tan perdido que parece que estoy al borde del delirio — le confesé con premeditada calma tratando de hacerle sentir cuanto me había impresionado su relato, pero, sobre todo, para manifestarle mi sincera complicidad. — Cambiando de tema — le dije bruscamente — no sé si el vino que he ido tomando con el estómago vacío está contribuyendo al estado en el que me encuentro ahora, pero lo cierto es que la cabeza me da vueltas y en algunos momentos me parece estar soñando… ¡Dime!, ¿no tienes algo de comer?, ¡a ver si tomando algo sólido se me pasa esta especie de modorra! Ahora ya le hablaba en el tono de compadreo acostumbrado después de tanto tiempo de estrecha amistad, intentando salir a toda costa de aquel ambiente pesado en el que ya hacía bastante rato estábamos inmersos, pues, entre unas cosas y otras, me parecía estar metido en una malsana espiral de locura en la que yo empezaba a sentirme bastante incomodo. De todas formas, mi queja estaba totalmente fundamentada, pues hacía ya un buen rato que me sentía mal físicamente. Aquel brebaje que él llamaba vino, junto a los penetrantes efluvios de todo tipo que emanaban de aquel lugar tanto tiempo cerrado — según había ratificado él— más el pegajoso perfume que soltaba su odiosa pipa, me tenían al borde del mareo. Estaba seguro de que, en las condiciones que me encontraba ya, un trago más me haría caer redondo al suelo. — ¡Comer! ¡Cómo puedes pensar en estos momentos en comer! — me gruñó airadamente mostrando su oposición a un deseo tan natural que, para mí, en ese momento, resultaba casi vital. Era evidente que, a juzgar por su actitud, estaba lejos de comprender que cualquier historia, trate de lo que trate, no anula la necesidad de engullir que expresa, cada cierto tiempo, ese verdadero monstruo que tan amablemente llamamos estómago.
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— Si quieres descorcho otra botella… todavía tengo varias — me ofreció mientras se escanciaba las cuatro gotas que aún quedaban en la que nos acabábamos de beber.

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