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El Caballete

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A pesar de la fina lluvia que oía rumorear bajo la precaria protección que me ofrecía mi paraguas de bolsillo, caminaba lentamente en dirección del estudio de mi amigo. Sin saber por qué, pensaba en la fragilidad de estos paraguas miniatura que esgrimimos cerrados como seguro refugio para un momento de necesidad, pero cuando la fina ingeniería de alambres y remaches consigue desplegar la trémula telilla sobre nuestra cabeza, nos obliga a caminar sobrecogidos alerta al menor estremecimiento de viento para impedir que nos lo arrebate. Instintivamente aceleré la marcha hasta detenerme delante de aquel arco que, aunque en sus años mozos sin duda causara orgullo a su creador, al observarlo de cerca, en ese momento azotado por la lluvia, ofrecía un aspecto poco triunfal. A pesar de la enorme inicial campeando en su parte más visible, se apreciaba claramente el imparable deterioro que había ocasionado a todo el conjunto el inexorable paso del tiempo. Haciendo mil piruetas para poder pasar entre los coches caóticamente estacionados a lo largo y ancho de la calleja que constituía el “Impasse Imperial”, según se podía leer en los ostentosos carteles que había colocados en del arco cada extremo, alcancé el cobijo que me ofrecía el estiloso y enorme atrio de aquella antigua mansión.

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Una serie de botoncitos grises, colocados como soldaditos en un desfile, emergían tímidamente de una plancha de acero inoxidable que destacaba a un lado de la embocadura de la puerta como si fuera un improvisado y feo parche sobre los grandes bloques de piedra artísticamente tallada. La presencia de estos trabajados bloques, y la elegancia que todavía se podía apreciar en las mil veces barnizadas maderas que constituían el enorme portón, dejaba claro que se trataba de la entrada principal de un viejo y señorial edificio.
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Pensando en lo impersonal y algo frustrantes que resultan a veces estos modernos artilugios que, como como escudos sirven de barrera entre el mundo exterior y nuestra frágil intimidad, me acerqué para teclear la clave adecuada de acceso para que la magia de la electrónica decidiera abrirme la puerta. Claro que — pensaba yo —, peor es aún en las residencias de ciertos privilegiados que, aparte de estos mismos engendros, suelen contar también con la intervención de señores de adusta apariencia, muchas veces acompañados de perros casi tan adustos como ellos. Desde luego que, todos estos notorios avances tecnológicos y tantos medios para asegurarse una casi siempre precaria protección, no es lo más adecuado para limar asperezas en la obtención de una buena convivencia entre las diversas clases sociales. Ni siquiera para facilitar y mantener unos mínimos aceptables en la comunicación entre los humanos, insistí yo en puntualizar sin saber el porqué de tan inoportuna escapada filosófica, al mismo tiempo que batallaba con el paraguas que, ahora, con inexplicable denuedo, se resistía a volver a su tamaño inicial. Tras conseguirlo a medias unos segundos después, con las manos mojadas, saqué de uno de mis bolsillos, de la también empapada gabardina, el papelito, transparente por el agua, en donde tenía anotado el número y la letra que debía pulsar para entrar en contacto con mi amigo Felicién. Puse mucha atención al teclear exactamente la letra y la cifra anotada esperando inocentemente que, después de hacer correctamente tan complicado código secreto, ocurriese algo que estuviera en consonancia con esta operación…Qué se yo — pensé jocosamente — tal vez el tañido de campanas, o las notas de un vals vienes, o cualquier cosa que el silencio que obtuve. Lo correcto hubiera sido que, por lo menos, hubiera sonado una sirena, me dije con sarcasmo. No sólo nada de esto sucedió, sino que ni siquiera escuché la voz de mi amigo, que era lo mínimo que podía esperar, solamente un discreto chasquido mecánico anunciador de que la puerta ya se había abierto, me apremiaba para que yo arrimara el hombro para empujar, por lo menos la mitad de aquel enorme portón de agrietada madera. Sólo al tercer intento, y antes de que a fuerza de emplearme a fondo en esos empujones consiguiera echar la puerta abajo, me percate de que sólo era una pequeña parte la que tenía que abrirse, Sobrado de energía la empujé y entre al edificio. El destartalado portal que se ofreció a mis ojos se asemejaba a la entrada de una catedral abandonada, imaginé yo sin haber visto nunca algo que pudiera parecerse a una catedral, y mucho menos, abandonada. Desmesurada, fría, lóbrega y vacía de contenido, hacía pensar que los antiguos constructores del inmueble habían puesto todo su talento solamente para crear la belleza del exterior, ya que aquel vasto espacio estaba únicamente “adornado” por el penetrante olor de rancia humedad y polvo que pareció precipitarse para salir a mi encuentro.

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